Siempre se recurre al “gran” para alabar la calidad de un poeta. A veces ese “gran” resulta chiquito. Como lo mentamos del adjetivo grande, hay aquí un crecimiento de tamaño. Pero este poeta no necesita de tamaño para ser medido, basta con la calidez y el humanismo de su poesía.

Al referirme al poeta Carlos Órdenes Pincheira, podría recalcarlo en negritas. Pero, lo dejo ahí, como es él, escritor sencillo, silencioso y silenciado. Silencioso porque no utiliza el autoelogio, o que algún puñado de amigos hablemos bien de él, cuando es su poesía la que habla mejor que nadie de quién es verdaderamente este especial poeta chileno, que desde 1962 viene entregando su expresiva poesía.

Poeta vital, hombre de compromiso con la palabra, cargado como un nudo diversifican sus nervios en esa convergencia. Vida, la de él, es la del poeta constante desde que poetizó en las viejas calles de su infancia, en la pizarra subterránea de sus papeles invalorables, traspasó el tiempo y fue plasmando libro a libro, todos los aquilones que lo distribuyeron en hogaza de versos su extensión de escritor, frugal y frutal.

Con justeza y acierto Ariel Fernández ha dicho: “Las visiones del poeta se adentran en las contínuas marginaciones del hombre en un planeta que va muriendo lentamente...” desgarrado de finales, como todos los que ya somos septuagenarios. Sin embargo en “Poemas para un Lobo en fuga...”

siente ese desgarramiento

Era aterrante como charca salpicada de negros

novilunios...”

Escritor que estalla tantas veces bajo la ondulante cabellera de algún amor, de esa “verde llama,/color de tus sueños y/los caballos pastando en la llanura...” Hay un dejo especial en ese color de pena que emerge en sus textos.

Para celebrar el tiempo ganado al leer al poeta Órdenes, su conmovido y profundamente humano lenguaje, nos deleita con esta estrofa de “Corza”:

“Ah, corza,

si pudiera regresar a otros plenilunios

cuando estaba mullida bajo los pimientos.

Me sumergía en sus miradas, alucinado;

su piel, pasto, aire cedronado

tropezando entre los yuyos...;

su olor,menta florecida a orilla de un río sureño...”

Él, está formado viendo nubes, avecillas, vuelos y en algún momento un lenguaje especial que nos empuja y mueve, asegurando en su sitio de privilegio la poesía, hay naturaleza, belleza y ternura excepcional.

Eduardo Díaz Espinoza