Después de años de democracia de baja intensidad, hemos tenido la hermosa sorpresa de ver cuán presto el movimiento de mujeres se ha puesto en marcha para luchar porque cada mujer pueda controlar los procesos de su cuerpo. Este movimiento, si cobra fuerza en la sociedad civil, puede iniciar una dinámica transformadora en la lucha por los derechos específicos de género en el campo laboral, educacional, político, médico, social y también en el bastión religioso mismo -exigir el sacerdocio de las mujeres.

Es muy probable que si la Presidenta cuenta con el apoyo indefectible de la mayoría de la ciudadanía, pese al desprestigio de su gobierno, se lo deba en gran parte a su condición de mujer. Evolución subterránea importante en la sociedad chilena.

El movimiento de mujeres lo está anunciando. Ellas no están dispuestas a que otros poderes le ordenen qué hacer cuando ella decide interrumpir el embarazo; fenómeno estrictamente biológico, desprovisto del componente de vida humana y social. Está escrito en el cielo de la modernidad que cada mujer debe poder decidir con total libertad de conciencia acerca de los estados que sólo ella siente y vive. No serán instituciones vetustas las que impedirán la marcha de la libertad.

Es la derecha en su conjunto la que asume una postura integrista y contra el liberalismo que dice profesar. La iniciativa jurídica contra la entrega gratuita de la píldora del día después vino de los diputados derechistas, revelándose así como apéndices pinochetistas incrustados en la institucionalidad post dictadura. La decisión oscurantista del Tribunal Constitucional y los fundamentos religiosos del fallo y del voto por parte de algunos de sus miembros han operado como catalizador del descontento femenino acumulado.

Es evidente que la dirigencia eclesiástica con su retórica llamando a respetar el fallo actúa como aguijón en la puesta en marcha de un movimiento de mujeres y de sus reivindicaciones.

Difícil ignorarlo. Las elites políticas, jurídicas, empresariales, militares y religiosas están en pérdida de sintonía con las percepciones y los sentimientos ciudadanos.

Si bien por ahora sólo se pide que la píldora del día después sea distribuida por organismos de salud pública a todas las mujeres en edad de utilizarla, de ahí hay un paso, muy fácil de dar, para exigir la despenalización del aborto y el derecho a ejercerlo responsablemente y con la asistencia sanitaria adecuada. Al ser un acto médico, los costos deberán ser asumidos por los servicios de salud pública. Un movimiento político-cultural de este tipo no tiene que desperdiciar el caudal de simpatía de un 74% de chilenos y chilenas que están en desacuerdo con el fallo del TC.

Es en ese contexto que una organización milenaria como la Iglesia se posiciona en la esfera pública de manera reactiva. En un mundo desencantado por la tecnociencia, el capital y el ascenso de diferentes tipos de individualismos, la Iglesia, en crisis de profunda legitimidad civilizacional, sin respuestas, se aferra a sus dogmas y velada o explícitamente, se resiente y culpabiliza.

El año pasado escribíamos en una columna de opinión que ya era hora de que el movimiento de mujeres chileno levantara la cabeza. Errábamos El movimiento de mujeres ha tenido siempre la cabeza muy bien puesta y la columna vertebral bien erguida. Organizaciones de mujeres en sectores populares siguen muy activas debatiendo de política y feminismo.

Cómo olvidar que fueron las mujeres de las agrupaciones de familias de los desaparecidos políticos las que en junio de 1978, apenas tres años después de instalada la dictadura hicieron la primera huelga de hambre en contra del régimen pinochetista. Allí, en aquella época de terror y barbarie, ellas demostraron con su coraje que aún en los peores momentos se puede resistir y avanzar con organización y principios.

Ahí están los resultados de las luchas de las mujeres.

Detrás de las victorias de la justicia, de la aplicación de la ley a decenas de represores encarcelados y juzgados, estaba presente un movimiento ejemplar y obstinado; una verdadera espina en el tobillo de la dictadura oligárquica, iniciado por mujeres. Cada vez que un torturador, asesino o colaborador es encarcelado o procesado, si puede lanzar su hiel en declaraciones teñidas de odio y rencor lo hace, y busca su blanco, que generalmente es el movimiento de DD.HH., cuya rebeldía en sus inicios fue femenina.

Durante los años 1980 el movimiento de mujeres se extendió y elevó sus reivindicaciones de género y políticas. Confió en que la democracia tan deseada le entregaría más tarde los espacios necesarios para su afirmación. ¡Oh decepción! las elites concertacionistas --muchos de sus políticos profesan una ideología patriarcal de viejo cuño-- desprovistas de una clara política de la mujer, no querrán abrir a la igualdad los enclaves valóricos, culturales y los dispositivos de poder. La ideología liberal light de los círculos profesionales progresistas no empuja a la acción política, a lo sumo, es furgón de cola.
En el plano de la política de Estado lo que está en juego es la laicidad. La separación republicana entre Estado y religión. Entre decisiones que dependen de la conciencia individual de cada ciudadana y de los derechos para vivir una existencia plena y libre y los intereses de la religión (entendida no como espiritualidad sino como organización terrenal, jerárquica, con una autoridad que se ejerce con medios para competir con otros dispositivos o discursos en las ofertas de sentido a la existencia).

Sin embargo, a nivel histórico, hay algo más profundo. Se está rompiendo con un orden antiguo para intentar una nueva organización social más conforme al deseo de humanidad emancipada. Es sobre la diferencia y desigualdad de y entre sexos y sobre la desigualdad social que se han construido hasta ahora las sociedades humanas opresivas.

Lo más probable es que los años post bicentenario sean años que van a conocer una evolución sin precedentes en la condición femenina. Y el avance de la democracia y la igualdad de géneros tendrá que enfrentar, en la práctica, la lucha por la equidad salarial y por condiciones materiales de existencia que posibiliten el ejercicio de una maternidad responsable y, en este sentido, la sociedad deberá brindar los medios indispensables para poder ejercerla.

Así vemos reanimarse un interesante movimiento de mujeres dispuesto a luchar por sus propias reivindicaciones que irrumpe en la escena socio-política para sumarse a otros movimientos. Su capacidad transformadora en acción cuenta con el apoyo de la ciudadanía y de la izquierda partidaria. Al estudiantil, al sindical, al movimiento mapuche por el reconocimiento y la autonomía y al movimiento ecologista en construcción y debate por liberarse de la tutela gubernamental, se agrega el movimiento de mujeres. Es en la dinámica de estas luchas, en su posible conjunción unitaria desde abajo, que un gran movimiento político transformador podrá surgir para imponer la realización de sus derechos democráticos y modificar la arquitectura institucional contaminada de pinochetismo.

Leopoldo Lavín Mujica, profesor, Département de philosophie, Collège de Limoilou, Québec, (Canadá).

leolavin@sympatico.ca

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