Por: Ricardo Alarcón De Quesada
Permítanme unas breves reflexiones que confío puedan tener alguna pertinencia para los trabajos de este Taller. El siglo XXI plantea desafíos y oportunidades para quienes procuran interpretar acertadamente la realidad desde una perspectiva socialista.

Ante todo es importante precisar algunas cuestiones fundamentales. La etapa que vivimos, la del llamado “neoliberalismo” globalizado no es, ni mucho menos, la de la victoria final y definitiva del capitalismo como algunos simulaban pensar a comienzos de la última década del pasado siglo.

Quienes alcanzaron rápida fama con lucubraciones festinadas acerca del “fin de la historia” eran, en rigor, verdaderos plagiarios. Ya en el vórtice de la guerra fría “el fin de la ideología” se había convertido en un nuevo dogma y en moda intelectual que, se extendió por buena parte del planeta gracias a la labor del llamado Congreso por la Libertad de la Cultura y otros proyectos millonarios engendrados y financiados, como se sabe, por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos.

Un brillante sociólogo norteamericano, a quien habría que salvar de un olvido especialmente injusto por lo mucho que le debemos y lo indispensable que hoy nos resulta, C. Wright Mills, refutó “el fin de la ideología” como lo que era, la ideología de un régimen entonces en la cima de su hegemonía pero cuya inevitable caída él fue capaz de anticipar. Mills también previó la bancarrota del modelo soviético y predijo la convergencia de ambos sistemas algo que hace medio siglo le atrajo la antipatía de tirios y troyanos.

Mills publicó varios textos de lectura siempre útil. Toca a otros llevar a cabo su obra mayor, la que concibió pero la muerte en plena juventud le impidió realizar. Convencido del ideal socialista como fruto del desarrollo del pensamiento y la tradición humanista creyó que éste no avanzaría desde las sociedades opulentas como asumieron los clásicos, sino que surgiría desde el Sur, desde la periferia oprimida por el imperialismo.

Tenía 45 años cuando dejó de existir en 1962. Sus últimas meditaciones buscaban afanosamente una teoría para la construcción del mundo que sustituiría al que a él le tocó vivir, un mundo que correspondería con sus ideales de libertad, igualdad y solidaridad.

Liquidado el proyecto soviético, el capitalismo, supuesto vencedor de la guerra fría, se extiende por todo el planeta y al mismo tiempo despliega sin límites sus cualidades destructoras y autodestructivas. Su aparente victoria es el inicio de su descomposición inevitable, la que avizorara, en su caso con amargura, Joseph Schumpeter quien, tan distante de Mills en otros aspectos, veía en ella también la aparición de una “cierta forma de socialismo”.

Por su parte, la CIA, sin citar a Mills ni a Schumpeter, pronosticaba hace ocho años que en cualquier escenario posible transitaríamos ahora la irremediable declinación del poder norteamericano.

El capitalismo no ha triunfado definitivamente y para siempre en todo el planeta. Basta mirar a Iraq o a New Orleáns para comprender que esa consigna era un despropósito que sus autores ya prefieren olvidar.

Vivimos una época nueva, compleja, contradictoria, en la que tanto China como Cuba tenemos nuevas posibilidades y un espacio que podremos ocupar en la medida que seamos capaces de actuar con espíritu crítico y creador, en la medida que profundicemos en los conocimientos teóricos, nos apropiemos de los avances de la ciencia y de la técnica, asumamos lo que sea valioso, útil y noble, de la cultura universal y la insertemos en nuestros empeños socialistas, a la china y a la cubana.

Es una época también cargada de riesgos para la propia supervivencia que nunca antes conoció la Humanidad. La preocupación por la naturaleza y el medio ambiente nos obliga a reflexionar profundamente sobre el concepto y la sustancia del desarrollo, el cual para que sea sustentable tiene que ser racional, no depredador ni egoísta y tiene que colocar en el centro de sus, motivaciones la ética, los valores espirituales, la solidaridad humana y el amor por el entorno.

El capitalismo declina, como sabiamente advierte la CIA, pero avanza y domina en un área para nosotros crucial y decisiva: La de la industria cultural, el entretenimiento y la información. Un régimen en decadencia y descomposición sin embargo, impone modos de pensar y de actuar, crea símbolos y paradigmas que nos penetran y copiamos con lamentable diligencia. No pocas veces ese mimetismo aparece también en algunos que, entre nosotros, estudian las ciencias sociales.

El control y la manipulación del conocimiento le permiten al Imperio fabricar una falaz guerra contra el terrorismo mientras lo práctica contra Cuba, protegiendo a los peores asesinos e imponiendo injusta y cruel prisión a Cinco Héroes de este pueblo verdaderos luchadores antiterroristas y garantizando que un impenetrable silencio cubra su abominable conducta. Su dominio sobre los llamados medios de comunicación le permite calumniar a China y a Cuba, falsificar los hechos y empañar su verdadera imagen. Rechazamos con toda energía la vulgar campaña que hoy busca dañar la exitosa celebración de los próximos Juegos Olímpicos en Beijing. Por mucho que repitan sus mentiras no pueden modificar el hecho de que el Tibet ha sido siempre parte de China, desde siglos antes del surgimiento de los actuales estados nacionales de Occidente y la próxima Olimpiada será la mejor y más lucida fiesta del deporte, la paz y la amistad.

China es dueña de una cultura milenaria fuente de descubrimientos y aportes de los que ha sido deudora la humanidad a lo largo de los siglos. Su pujante economía y el desarrollo material que ha alcanzado después que con la lucha heroica de su pueblo y la sabia conducción del Partido Comunista puso fin a la dominación extranjera y emprendió la construcción de un socialismo con características propias, original, independiente, la ha transformado en uno de los factores claves y más dinámicos de la actual arquitectura internacional. Quedaron atrás para siempre los tiempos en que otros la hacían víctima del pillaje y discriminaban y despreciaban a su admirable pueblo.

Cuba resiste y perfecciona su socialismo alentada por un contexto latinoamericano marcado por la bancarrota del modelo neoliberal que se le impuso y por los renovados empeños de sus pueblos para consolidar la independencia y la unión.

Nuestro socialismo tiene raíces muy profundas. Se afincan en el origen mismo de un pueblo que nació de la lucha por la igualdad entre todos los seres humanos. La Revolución cubana es una sola desde el día glorioso que el Padre fundador liberó a sus esclavos y convirtió la emancipación de todos en fundamento de la nación. En aquellos tiempos decenas de miles de chinos sufrían aquí las peores formas de servidumbre, explotación y discriminación. Al decretar su completa emancipación Carlos Manuel de Céspedes proclamó que les devolvía su “natural calidad de hombres libres, ejercitando su personalidad con toda amplitud, gozando de los mismos derechos civiles y políticos que los demás ciudadanos con perfecta igualdad”.

Desde entonces, cuando en Estados Unidos imperaban los linchamientos de negros y las leyes de Jim Crow, cuando allí y en Europa reinaba el más estúpido racismo, cuando ambos humillaban y explotaban a los chinos, nació en esta isla la profunda hermandad que unió a nuestros pueblos para siempre.

Hermandad surgida del sufrimiento y la rebeldía que nos conducirían tras largas y cruentas luchas a la emancipación. Sigamos juntos laborando por el bienestar de dos pueblos hermanos y por el advenimiento de un mundo mejor.

Fuente: CUBARTE