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Escrito en tres tiempos
Primer tiempo. El sentimiento de la derrota.
La
derrota más allá de ser una realidad objetiva, es también un
sentimiento. Se puede sentir uno derrotado sin estarlo realmente, o
estarlo efectivamente sin sentirlo. Hoy, creo que la realidad y el
sentimiento van de la mano: nos sentimos derrotados porque
efectivamente lo hemos sido.
Hay quienes se esmeran en decir que
la derrota no es tal, que a veces perdiendo se gana, que ahora sí nadie
podrá decir que en Venezuela hay una dictadura, que esta derrota
reafirma el talante democrático del gobierno e incluso que esta derrota
pudo habernos salvado de un escenario de violencia, en fin, que era
mejor así.
En efecto, podemos intentar verle el lado positivo a
este "trance", habrá que hacerlo para enfrentar los retos que este
escenario nos plantea, pero creo fundamental que no nos escudemos en
argumentos hipotéticos para salvarnos, en la pequeñez de nuestra
individualidad, del amargo sentimiento de la derrota.
Decir que
perdiendo se gana, es minimizar la apuesta y es resignarse ante la
derrota. Es como si dijéramos que ganar, después de todo, no era tan
importante. O como si dijéramos que si hipotéticamente hubiésemos
ganado (lo que no ocurrió) en realidad no ganábamos nada. La verdad es
que con esta derrota no hemos ganado nada y hemos perdido en cambio una
oportunidad de oro, la oportunidad de enfrentarnos definitiva y
decididamente al desafío histórico de construir, con nuestras propias
manos, una sociedad de iguales.
Tampoco podemos creer que ahora
nadie podrá decir que en Venezuela hay una dictadura. Pensar que esto
será así, es desconocer quién es y cómo se comporta la derecha. Si nos
remitimos a las pruebas que la derecha nos ha dado, entonces tendríamos
que constatar que así como lo han dicho en los últimos nueve años, a
pesar de los 12 procesos electorales que han legitimado, relegitimado y
machacado la legitimidad de este gobierno, así seguirán diciéndolo.
Seguirán diciéndolo, ahora y siempre, mientras perdure para nosotros la
esperanza, y mientras perdure para ellos la amenaza, de que en este
país las cosas sigan cambiando. Seguirán diciéndolo mientras se
mantenga el gobierno revolucionario. Es más, seguirán diciendo que
Chávez es un dictador, cuando mucho alguno matizará sus palabras y dirá
que es un "dictador en ciernes". Ocurre que el argumento de la
dictadura no es un argumento que la derecha esté dispuesta a desechar.
Es un argumento cómodo que cómodamente tiene eco en el concierto
internacional de las voces de la reacción.
Decir que esta
derrota reafirma el talante democrático del gobierno, esconde
peligrosamente dos ideas, o mejor, esconde dos ideas muy peligrosas:
por un lado, que efectivamente atesorábamos alguna duda sobre la
vocación de este gobierno que de tan democrático a veces pasa
francamente por pendejo; y por otro lado, que es necesario seguir
demostrándolo. Yo me pregunto a quién se lo tenemos que demostrar: ¿A
la derecha? ¿A la nacional? ¿A la internacional? ¿A ambas? ¿Per secula
seculorum? ¿Y cómo para qué? ¿Y a cuenta de qué? ¿O es que la cosa es
convencernos nosotros mismos que ya estamos convencidos?
También
se dice que esta derrota pudo habernos salvado de un escenario de
violencia. Es decir, que mejor perdíamos para que la derecha no quemase
el país. Mejor perdíamos y empeñábamos el futuro de la patria, para que
la derecha no desatase la violencia. Mejor perdíamos y abandonábamos lo
construido hasta ahora para que la derecha no nos atacase. Mejor
perdíamos y claudicábamos. La pregunta es: ¿Quién dijo que este proceso
estaría exento de la violencia? ¿Es que acaso este proceso no es una
respuesta a la violencia que intrínsecamente comporta la sociedad
capitalista? ¿Es que acaso la revolución no pasa por violentar esta
sociedad transformando su estructura desde sus cimientos? ¿Qué clase de
revolucionarios son los que se amilanan ante la amenaza y el chantaje?
¿Qué vaina es, pues? Tenemos que estar preparados para la violencia,
para neutralizarla siempre que se pueda, pero también para enfrentarla
cuando lo que esté en juego sea el futuro de la revolución.
Lo
prefiero así… ¡Por ahora! - dijo el Comandante. Este mensaje lo
entiendo en la voz del líder, en la voz de quien está al frente de cada
batalla y de quien tiene la responsabilidad de canalizar la fuerza de
la revolución. Pero que nadie se acomode, aquí nadie puede bajar la
guardia y dar por terminada la pelea.
Segundo tiempo. La realidad de la derrota.
Los
buenos historiadores sostienen que la historia no se escribe sobre la
base de los imponderables, o lo que es lo mismo que la historia no
acepta hipótesis: la historia es lo que ha sido y lo que es, y punto,
la historia no se escribe por adelantado ni en condicional. Así las
cosas, no vale aquello de que si tuviéramos ruedas fuéramos bicicletas.
No
vale decir ahora que la derrota se debe a la campaña de miedo que
desplegó la derecha, porque eso equivale a pensar que si la derecha
hubiera fallado en su estrategia mediática entonces hubiésemos ganado:
seamos honestos la cuenta no da.
En este sentido solo podemos
constatar nuestra culpa asumiendo: 1) si el miedo hizo presa a la
pequeña burguesía (esa que no se define por sus haberes sino por su
falta de consciencia de clase) es en parte nuestra responsabilidad
porque tácitamente aceptamos que esos miedos tenían algún fundamento y
entonces ni siquiera nos propusimos atacarlos dando por perdidos esos
votos de antemano; 2) si el miedo hizo presa a los nuestros, entonces
somos más culpables aún, porque nuestra campaña fue convencionalmente
mediática y reactiva, y no incitó al debate profundo, ese que permite
que la gente se apropie de los procesos y se haga protagonista.
Luego,
si no fue el miedo lo que condujo a la abstención de los nuestros,
entonces fue la duda (me niego a pensar que hubo otras razones como la
indiferencia o la desidia). Y en ese caso también somos culpabilísimos.
Quienes dudaron, y antes que votar contra Chávez prefirieron no votar,
se abstuvieron porque no estaban seguros, porque no sentían suya la
propuesta. Quizás sí la de Chávez, pero no el amasijo de artículos que
la Asamblea agregó con una pasmosa falta de criterio. Es probable que
la Asamblea estuviera preñada de buenas intenciones (¿de verdad?) pero
sorprende (¿sorprende?) su falta de sentido de la oportunidad. Y es que
no es lo mismo proponer la cobertura universal para todos los
trabajadores y trabajadoras, como lo hiciera el Comandante, que
asegurarse el curul (y el sueldito… que no es tan ito) como lo hicieran
los diputados en su propio beneficio, con el aliento de más de un ex
diputados hoy Ministro. Tratando de hacer pasar lo grotesco tras lo
sublime, enredaron el papagayo, con este y otros artículos y esto sin
duda es uno de los elementos que contribuyó con la abstención y la
derrota.
Y si no fue ni la duda ni el miedo, entonces fue el
malestar. El malestar que provoca constatar en el día a día que la cosa
mejora pero está lejos aún de revolucionarse. Aquí creo que hay que
hacer varias lecturas. Por un lado, pienso que aún cuando el malestar
sea fundado, el voto castigo o el castigo de no votar no contribuye con
la creación y consolidación de mecanismos que garanticen la
profundización del proceso y al contrario le imprime un freno peligroso
a la revolución. Por otro lado, creo que aún cuando la revolución no
haya resuelto todos los problemas, se ha alcanzado mucho más que antes
y de lo que era posible alcanzar en cualquier otro contexto político. Y
en fin, estoy convencida de que aún cuando haya mucho de qué quejarse,
si la derecha retoma el poder entonces no solo perderemos todas
nuestras conquistas sino que perderemos también el derecho a protestar.
Entonces ni siquiera habrá espacio para la esperanza. Si en este caso,
considero que la abstención y el voto castigo son un error político es
porque no me cabe la menor duda de que la derecha no dejará escapar la
más mínima ocasión para dar el zarpazo, y que en lugar de auto
flagelarnos con un voto castigo o con el castigo de no votar (porque en
fin de cuentas los dolientes de este país somos los único afectados)
había que hacer prueba de consciencia y de unión.
Visto desde
otro ángulo, y a pesar de mi percepción del fenómeno, otra cosa de la
que estoy profundamente convencida es que con o sin razón, errónea o
acertadamente, lo ocurrido el domingo debe ser comprendido en toda su
complejidad, interpretando con mucha sabiduría las voces del pueblo
para entonces actuar consecuentemente. La agudización de las
contradicciones no nos puede llevar a pactar con la derecha pero
tampoco a la fractura interna.
Siguiendo con lo que no es
posible decir ahora que la derrota nos sorprendió. Diría que no vale
decir ahora que los Alcaldes, los Gobernadores y los Ministros no
hicieron bien su trabajo. Es cierto que muchos no lo han hecho, y es
cierto que muchos no lo harán, por oportunistas y pasa-agachao, pero lo
que tenemos que constatar es que nosotros tampoco estamos haciendo
nuestro trabajo de contralores. Qué cuando lo hacemos no nos escuchan,
también es verdad. Qué cuando somos críticos nos tildan rapidito de
contrarrevolucionarios, también es cierto. ¿Y qué? Ahora es que tiene
que tomar todo su sentido la idea de la corresponsabilidad.
Tampoco
vale decir ahora que la derrota es el resultado de la incapacidad de
los batallones, de los Consejos Comunales, del PSUV, de las Misiones o
de la estructura del Estado. No vale sacar cuentas sobre cuantas
franelas, afiches o refrigerios faltaron. El problema no es de
incapacidad en términos de maquinaria electoral, el problema es de
conciencia revolucionaria. Ni los Batallones, ni los Consejos Comunales
ni el PSUV, ni las Misiones y mucho menos la estructura del Estado,
están funcionando como entidades políticas. No se han o no los hemos
politizado, no lo suficiente. Son espacios de poder, eso sí, donde se
libran las más pueriles batallas por el minúsculo poder de vecindad o
por el gran poder de la burocracia y de los recursos del Estado, pero
en donde falta mucho camino que recorrer para alcanzar la profundidad
del debate y la intensidad del compromiso que se requieren a su vez
para trascender lo coyuntural.
Y mucho menos vale decir ahora
que la derrota tiene que ver con una coyuntura convulsa de dimes y
diretes con Presidentes vecinos, Reyes de ultramar y otros enemigos de
la Revolución; tampoco tiene que ver con el desgaste que produjo el
enorme esfuerzo realizado por aportarle un poco de paz a nuestros
hermanos colombianos. Aún cuando estas confrontaciones no se hubieran
planteado, igual hubiésemos perdido. Y en el caso que Chávez las
hubiese rehuido entonces no solo habríamos perdido en el referéndum
sino que habríamos perdido parte de nuestra dignidad frente a nuestros
enemigos y nos habríamos traicionado si mezquinamente hubiésemos
descartado la posibilidad de ayudar a nuestros hermanos.
Tercer tiempo. ¿Qué hacer ahora?.
Tenemos
que aceptar que la revolución se ha construido y seguirá erigiéndose
sobre la base de una estrecha relación entre el líder de este bloque
histórico y su pueblo, y que más allá de cualquier intelectualosa
valoración de esta relación como contraproducente, tenemos que
ocuparnos de la construcción de estructuras intermediarias que permitan
atender con mayor eficacia no solo los problemas de lo cotidiano sino
también la formación y consciencia política de todos los que estamos
empujando este proyecto.
Así, tenemos que evaluar con mucho más
desprendimiento si la estructura de los batallones permite profundizar
el debate e incluso más importante aún, si permite crear lazos
inquebrantables de solidaridad entre camaradas y recrear valores de
convivencia cónsonos con el proyecto revolucionario.
Tenemos que
repensar los batallones y los consejos comunales desde una perspectiva
más amplia que nos permita mirar más allá de nuestras narices, del
hueco en la calle, de la tubería, del transporte, del mercal de la
esquina, es decir, que nos permita mirar más allá de lo doméstico, y
que permita entonces trascender nuestra cotidianidad y pensar el
colectivo de una manera más integral y más integradora que le dé cabida
a un proyecto de país y de futuro.
Tenemos que dejar de mirar a
las Misiones como una instancia asistencial. Esa no es su vocación, su
vocación es la inclusión, es la atención, es la formación, es la
formación política, es la educación para la transformación.
Tenemos
que tomar conciencia de que la contrarrevolución no actúa solamente de
frente y por televisión, sigue actuando, y con mucho éxito, en la
estructura del Estado. Si la estructura del Estado sigue siendo
"ineficiente" (palabrota tecnocrática) ya no es sólo por la herencia
que nos dejó la cuarta República, ya no es sólo porque llegamos al
poder sin saber cómo hacer funcionar la administración pública, ya no
es sólo porque la corrupción sigue siendo una práctica a todos los
niveles. Si la estructura del Estado sigue sin responder a los desafíos
de la Revolución es una vez más porque no hemos alcanzado los niveles
de conciencia política que se requieren y que pasan por modificar
nuestros comportamientos cotidianos y comprender el impacto de nuestras
acciones. La quinta columna no se personifica en agentes de la CIA
disfrazados de funcionarios de tercera. La quinta columna se alimenta
del escuálido disfrazado que pasa agachado en las narices de sus jefes
revolucionarios, del oportunista disfrazado de chavista para la
ocasión, del "revolucionario" confeso que le huye a la militancia, a la
calle y a la gente, del "revolucionario" de voz en pecho que prefiere
sacrificar a su camarada que sacrificar su carguito, del revolucionario
que se resigna en su impotencia… la quinta columna se alimenta, del
"revolucionario" con poder al que le faltan cojones.
Hemos
puesto la Revolución en peligro, ahora tenemos que arrear con nuestros
errores, tenemos que saber interpretar incluso con una buena dosis de
dramatismo el momento político, no vale seguir pensando que podemos
estar tranquilos, que el equipo gana. O radicalizamos la revolución
desde abajo y desde adentro o fracasamos definitivamente.

Sólo decir que me pasaré una vida entera sin entender por qué, un continente con una mentes tan brillantes, sigue estando en el fondo del pozo; y por qué aquí, que la mitad + 1 son unos inconscientes, se lo pasan pipa dando la espalda a la injusticia del resto. Que nadie se ofenda, pero, cuando se ha visto tanta mierda disfrazada de lucesitas de Navidad... tanto paleto en un Mercedes, tanta desidia, tanto "no es mi culpa" y tanto seguir a la manada (solo por comodidad), solo dan ganas de ponerles un piloto autómatico que les llame a reflexión cada vez que hagan una estupidez.
Quizá el secreto de todo esté en la comodidad de los dos continentes favorecidos. La pena, es que esa comodidad sin conciencia sólo puede conducir a la estupidez de la manada.
Hasta otra.
Tenemos que hacer reaccionar a la manada,
porque mañana podemos ser arrollados por
la avalancha
Es lo que ya está pasando, Fortunato. Tanto estupidez junta es contagiosa.