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05-12-2007 |
¿Cómo explicar la derrota del SÍ, y hasta que punto fue solo una derrota?
Chávez se enfrentó a una fenomenal coalición política y social que
aglutinaba a todas las fuerzas del viejo orden, carcomido hasta sus
entrañas pero con sus agentes históricos librando una batalla
desesperada para salvarlo. La gran burguesía autóctona; los
terratenientes; el capital financiero; la dirigencia sindical corrupta;
la vieja partidocracia; la jerarquía de la Iglesia Católica; la
embajada norteamericana, obsesionada con derrocarlo y, coronando todo
este rejunte, una confabulación mediática nacional e internacional
pocas veces vista en la historia que reunía en sus ataques a Chávez a
los grandes exponentes de la “prensa libre” de Europa, Estados Unidos y
América Latina. El líder bolivariano atrajo contra sí todos los
esperpentos sociales con los que debe lidiar cualquier gobierno digno
en América Latina, y los combatió casi en soledad y a mano limpia. Lo
que unificó a los conservadores no fue la cláusula de la “re-elección
permanente” sino algo mucho más grave: la reforma le otorgaba rango
constitucional al proyecto socialista en gestación, algo totalmente
inaceptable. Pese a tan descomunal disparidad el resultado electoral
fue prácticamente un empate.
Para muchos venezolanos la
elección no era importante, lo que explica el 44 % de abstención. La
gran mayoría de quienes no concurrieron a votar lo hubieran hecho por
el SÍ, lo cual revela la debilidad del trabajo de construcción
hegemónica y de concientización ideológica de los bolivarianos en el
seno de las clases populares. La redistribución de bienes y servicios
es imprescindible, pero no necesariamente crea conciencia política
emancipadora. Por otro lado, algunos gobernadores y alcaldes chavistas
no se jugaron a fondo por una reforma constitucional que
democratizaría, en detrimento de sus atribuciones, la organización
política del estado al crear nuevas instituciones del poder popular.
Hay que tener en cuenta, además, que luego de nueve años de gestión
cualquier gobierno sufre un desgaste o deja de suscitar el entusiasmo
colectivo de antaño. A esto hay que agregar, además, algunos errores
cometidos en la intermitente campaña electoral de un presidente que,
por su papel protagónico en el escenario mundial, no dispone de mucho
tiempo para otra cosa.
De todos modos, pese a la derrota Chávez
sale muy bien librado. Sus credenciales democráticas se fortalecieron
notablemente. La oposición llegó a los comicios diciendo que jamás
aceptaría un triunfo del SÍ. En caso de producirse lo repudiarían por
ser producto del fraude y pondrían en marcha el “Plan B” de la
Operación Tenaza. Los sedicentes demócratas confesaban que sólo se
comportarían como tales en caso de ganar; si no, su respuesta sería la
sedición. Chávez, en cambio, les dio una lección de republicanismo
democrático al aceptar con hidalguía el veredicto de las urnas.
Imaginemos que hubiera ocurrido si por esa ínfima diferencia hubiera
triunfado el SI. Los voceros de la “democracia” habrían incendiado
Venezuela. Pese a su derrota, la estatura moral de Chávez y su
fidelidad a los valores de la democracia convierte en pigmeos a sus
oportunistas adversarios, que sólo respetan el resultado de las urnas
cuando los favorece. Y, de paso, deja en una posición insostenible a
los senadores brasileños que pretextando la débil vocación democrática
de Chávez quieren frustrar el ingreso de Venezuela la MERCOSUR.

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