La estupidez humana es ilimitada, pues siempre cree que las grandes naves jamás chocarán contra un iceberg.
Por las noticias nos enteramos que un crucero turístico acaba de chocar
en un viaje a la Antártica; la Democracia Cristiana era algo parecido:
nunca previó un número suficiente de botes salvavidas para rescatar a
sus militantes del naufragio, que era completamente previsible. Es que
a nadie le gusta hablar de cataclismos y de muertes y ni siquiera
existe, en este naufragio, una orquesta, como la del Titanic, que
toquen los marciales ritmos de “brilla el sol de nuestras
juventudes...la noche queda en el ayer”. Se imaginan a Soledad Alvear
hablando, como Eduardo Frei Montalva, de nuestros grandes héroes y de
nuestra loca geografía. ¡No!, este cataclismo se escribe en comedia y
no en tragedia, como diría Marx, en el siglo XIX, para referirse a los
Bonaparte el grande y pequeño.
Nada tiene que ver el quiebre
de la Democracia Cristiana con aquellos ocurridos en 1969 y 1971, que
dieron nacimiento al Mapu y a la Izquierda Cristiana, respectivamente.
En esos tiempos, el partido demócrata cristiano era como el Titanic:
ofrecía, nada menos, que una revolución y en libertad; tenía el 43% de
los votos, 82 diputados y hubiera elegido cinco senadores en Santiago,
con toda facilidad. Prácticamente no había oposición: la derecha estaba
pulverizada y la izquierda andaba sin rumbo; era como si Eduardo Frei
Montalva hubiera ganado el Loto: podía hacer lo que quería.
A
poco andar, en 1965, comenzaron a aparecer los disconformes, llamados
rebeldes; el primer líder de esta tendencia fue Alberto Jerez, senador
por Concepción, muy querido por don Eduardo, luego se fueron agregando
Julio Silva Solar, Rafael Agustín Gumucio, Jacques Chonchol y una grupo
de jóvenes althusserianos, entre los cuales destacaba el malogrado
Rodrigo Ambrosio, uno de los personajes más inteligentes de la política
chilena que, a lo mejor, de vivir hoy, se hubiera transformado en
capitán de industria o un lobbista, como la mayoría de sus camaradas.
En la división de 1969 sólo se marcharon dos senadores, Jerez y
Gumucio, pero el daño fue, al igual que en los terremotos hipócritas,
irreparable, pues la Democracia Cristiana dejó de ser el partido único
de gobierno y su votación fluctuó entre el 20% y el 25%, cifra que, con
altos y bajos, se mantiene hasta nuestros días.
Creo absurdo
comparar los debates ideológicos, con un alto porcentaje de profetismo
cristiano, con el quiebre actual de la Democracia Cristiana: son dos
partidos diametralmente distintos, donde el primero pretendía ser la
vanguardia del cristianismo social – incluso hablaba de socialismo
comunitario, de democracia proletaria, pretendiendo superar a la
izquierda tradicional en la revolución social por venir- el segundo
correspondería a la categoría weberiana de un partido burocrático de
castas, cuyo centro consiste en administrar el poder y apropiarse, en
forma personalista, de los ministerios, subsecretarías, seremis,
empresas del Estado, entre otros.
Como en la ignorante Beocia, a
muy pocos les interesa la historia chilena y apenas son capaces de
entender un artículo de diario, es muy difícil explicar el grado de
loca izquierdización de los líderes del Mapu y de la Izquierda
Cristiana, que despreciaban a la izquierda tradicional – socialistas y
comunistas, aún más a los burgueses radicales y Apis – de Rafael Tarud,
padre del diputado chauvinista actual – quienes postulaban el Frente
Revolucionario, una especie de agrupación guevarista; incluso, los
carteles de la IC para postular a la dirección de la CUT criticaban, en
primer lugar, el burocratismo en que estaba cayendo la Unidad Popular.
Estos cristianos, que querían ser más marxistas y revolucionarios que
los antiguos partidos obreros chilenos, sacaban de sus casillas al
presidente Salvador Allende que, por lógica, buscaba una vía chilena al
socialismo basada en una alianza histórica entre laicos, marxistas y
cristianos.
Esto de perder diputados no tiene ninguna
importancia: la Izquierda Cristiana, en 1971, se llevó de la Democracia
Cristiana nueve diputados, muchos de ellos de los mejores, como Luis
Maira, Pedro Videla y Osvaldo Gianinni. La verdad es que en la
siguiente elección de 1973, la IC quedó con un solo diputado – Luis
Maira – y el Mapu con Oscar Guillermo Garretón – hoy gerente de
peninsulares empresas-. En la Democracia Cristiana no se estilaba
expulsar a sus militantes, pues eran demasiado buenos para la libertad
de debates y el respeto a las opiniones ajenas, por muy locas que estas
fueran. Sólo recuerdo dos expulsiones: la del diputado Patricio
Hurtado, por apoyar a Fidel Castro, cuando apenas había triunfado la
revolución cubana, que entonces era aplaudida por todos los
progresistas del mundo; anteriormente, en los años 40, había ocurrido
lo mismo con el gran líder Manuel Garretón, demostrando los falangistas
de esa época un miserable moralismo y mezquindad.
El quiebre
actual de la Democracia Cristiana, necesariamente, debe ser ubicado en
el ámbito del fracaso de la Concertación que, cada día, se hace más
evidente a causa de la carencia de ideas, por la falta de esperanza,
por el reemplazo de la democracia por la corruptocracia, por la
transformación de ex revolucionarios en lobbistas y empresarios, por
preferir la administración y la “eficacia” a la relación intrínseca
entre la ética y la política. Es apenas risible querer resucitar una
moral del plebiscito del 88, que hoy está cien pies bajo tierra.
Adolfo
Zaldívar y sus “colorines” formaron parte de tragicomedia, o más bien
sainete: nada gana este líder con comparar la Democracia Cristiana con
el PRI mexicano, aun cuando, personalmente, pienso que tiene algunas
diferencias históricas y la analogía puede ser un poco tirada de las
mechas. Sus frases son durísimas, “lo que lo sostiene es el poder, el
abuso, el miedo y los privilegios”, dijo a La Segunda, el 27 de
noviembre de 2007. Debo confesar que a ningún lector le impresionan
estas expresiones, pues hace tiempo que los políticos se disfrazaron de
payasos y como tales actúan.
¿Quién puede entender a los
“colorines”? Por un lado critican el modelo, son tenaces en la crítica
a sus apitutados camaradas que copan las empresas públicas e, incluso,
las privadas; no tienen piedad con José Pablo Arellano, Ajenjo y Jorge
Rodríguez Grossi, pero aún mantienen a varios de sus prosélitos en
altas reparticiones públicas; sería más creíble si renunciaran a estos
cargos. Las críticas de Adolfo Zaldívar al modelo son más tajantes que
la del más radical pensador antisistémico; un ingenuo creería que está
dispuesto a reemplazarlo por el socialismo; aparenta ser un defensor de
las clases medias, ¿quién diablos sabe qué es eso? Defiende las Pymes
y las microempresas, hueso muy sustancioso para cuanto demagogo quiera
aparecer. En general, sus críticas son certeras cuando tocan al partido
transversal de los Expansiva, pero uno no sabe hasta dónde está
dispuesto a llegar.
Sólo el Tony Rabanito cree que la Concertación es una conglomerado izquierdista, que lucha contra la derecha, cuando lo que más sabe hacer es pactar con ella; en estas
circunstancias, acusar a Adolfo Zaldívar de aliarse con los
reaccionarios no es más que una tautología, pues si seguimos la
política en apenas estas dos últimas semanas, constataremos que Larraín & Larraín han pasado más tiempo en La Moneda que en sus respectivas casas políticas. En el fondo, estamos en un gobierno de consenso detrás de la puerta.
Con respecto al último tema de la famosa orden de
Partido en el presidencialismo no existe – en Estados Unidos,
demócratas y republicanos votan transversalmente según el tema – .En el
parlamentarismo es tácita, porque basta unos pocos parlamentarios
díscolos para derrocar el Primer Ministro y obligarlo a convocar a
nuevas elecciones. Sólo en el monarquismo presidencial el rey o la
reina puede gobernar con minorías parlamentarias, recurriendo al veto,
a los ministerios universales e, incluso, incluyendo militares y, por
último, haciendo uso de recursos del Estado, sin intervención del
Congreso, que le está vedada la iniciativa sobre estos temas, razón por
la cual los cientistas políticos lo llaman el régimen de doble minoría.
En esta situación estamos y sólo parece restarle al gobierno de
Michelle Bachelet el matrimonio sin libreta con la derecha política.
Rafael Luis Gumucio Rivas
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