"CIENTÍFICOS" NAZIS: UNA HISTORIA DE PELÍCULA
Aniversario LX de la victoria sobre
el fascismo

En escalofriantes historias de horror
terminaron las experimentaciones científicas
hitlerianas durante la Segunda Guerra Mundial
Jesús G. Bayolo
El
“intelectual” de la cúpula nazi, Kurt Heinrich
Himmler, era un apasionado de las experimentaciones
“científicas”, especialmente aquellas que versaban
sobre investigaciones de la raza, y tal afición lo
llevó a fundar en 1933 la Sociedad Herencia de los
Antepasados.
Al principio era algo así como una entidad
“espiritual”, pero en 1939 entró en vigor un nuevo
reglamento, que elevó “su rango” para experimentos
“científicos” en general, y dos años después tuvo a
su disposición los seres vivos sometidos en campos
de concentración. En 1942 la sociedad se agregó al
Estado Mayor particular de Himmler, pasando a ser un
órgano de las SS.
Vamos a ver algunos ejemplos de cómo empleaban su
“talento científico” los nazis, comenzando por una
verdadera historia “de película”, que tiene como
protagonista a un capitán médico de la reserva del
Ejército del Aire, Sigmund Rascher, poseedor del
triste mérito de haber sido el primero en pedirle a
Himmler que se emplearan seres humanos vivos en los
experimentos.
La primera toma la hacemos en el campo de
concentración de Dachau, donde Rascher obliga a dos
oficiales rusos presos a desnudarse y adentrarse en
agua helada.
Antón Pacholegg, médico prisionero y obligado
ayudante de Rascher, relató en el proceso de
Nuremberg este macabro experimento, del que fue
testigo. A las dos horas los oficiales rusos
mantenían el conocimiento. A la tercera hora se
escuchó este diálogo:
—Camarada, di a ese oficial que acabe con nosotros
de un balazo.
—¡No esperes nada de ese perro!
Sobrevivieron cinco horas. Sus cuerpos fueron
enviados a Munich para practicarles la autopsia. El
“científico” nazi pretendía haber inventado —y
probado con ese experimento— un producto
antihemorrágico, al que había dado el nombre de
Polygal.
Sigmund alardeaba de su “talento” y de la eficacia
de sus investigaciones, porque en ellas usaba a
seres vivos y no a ratas de laboratorio.
Tal vez lo más curioso es que el impetuoso Sigmund
Rascher era un protegido del célebre Himmler, quien
aplaudía sus múltiples experimentos con humanos.
Pero ni el gran capo nazi lo salvó de la tragedia...
Sucedió en 1943. La señora Rascher, mayor que
Sigmund en 15 años, ya era madre de dos niños cuando
se fingió en estado de gestación para presentar
luego como suyo a uno robado. Se descubrió la
patraña y ante la posibilidad de que la criatura
fuera de “sangre impura”, la pareja se vio en las
redes de la GESTAPO.
El matrimonio desapareció, pero solo por poco
tiempo. Fueron detenidos a finales del propio 1943,
sometidos a proceso y encarcelados. En 1945, cuando
la derrota alemana era evidente, Himmler se acordó
de los Rascher. Dijo que eran demasiado locuaces, y
sobre todo la mujer, por lo que no podían caer en
manos del enemigo.
Esta vez Himmler sí hizo “algo” por ellos: en abril
del 45 la señora Rascher fue ahorcada en Ravensbruck,
y por una de esas ironías del destino, el “sabio”
nazi Sigmund Rascher fue trasladado al sitio donde
dio inicio “esta película”: Dachau. Solo que esta
vez el criminal vio la otra cara del crimen: sin
previo aviso recibió un disparo mortal. Que no se
diga que Himmler no se acordaba de sus “amigos”.
EL “ARMA” SECRETA
“S”
Los
nazis fueron los campeones de la invención... para
matar. Inventaron cada cosas... Y qué ironía: como
si se lo creyeran ellos mismos, en ocasiones les
daban un argumento “humanitario” a sus engendros
creativos. Tal es el caso de los camiones S.
Cuenta Jacques Delarue en su libro La GESTAPO
que en agosto de 1942 Himmler estaba en Minsk
(entonces ocupada por los fascistas) y organizaron
una matanza en su honor, pero al “refinado” capo le
molestó algo bastante normal en los dominios del
Reich, aunque indignante para todo ser humano
(categoría en la que no se incluyen los hitlerianos).
A la matanza no le puso objeción. Lo que “hirió su
sensibilidad” fue ver ¡¡y oír!! cómo enterraban a
los masacrados, aunque no todos estaban muertos.
Para “humanizar la muerte”, a raíz de aquel suceso,
un ingeniero nazi trabajó en Berlín, el SS
untersturmführer doctor Becker, y como resultado, se
inventaron los camiones S.
Lo genial del invento no era solo que impedía
enterrar a la gente viva, sino que no hacía falta
matarla en las fosas u otros sitios de exterminio
masivo, porque eran asesinadas en el trayecto. Se
trataba de camiones cerrados y cuando se ponía en
marcha el motor, penetraba el gas en el interior del
vehículo, para matar a sus ocupantes en un tiempo de
diez a 15 minutos.
Se construyeron camiones S de varios tamaños, con
capacidad para 15 o 20 víctimas. Sobre todo se
utilizaba con mujeres y niños. Les decían que iban a
ser trasladados, pero no les aclaraban que “al otro
mundo”. Cuando subían, se cerraban las puertas y ya
estaban en una cámara de gas rodante. Trabajó rápido
el ingeniero SS (¿mejor HP?) Becker, porque
empezaron a usarse en el propio 1942, en Ucrania.
Se sabe que también se emplearon en Checoslovaquia y
Polonia. El jefe de la GESTAPO en Lodz, Braunfisch,
se jactó de haber exterminado a 340 000 judíos con
los camiones S.
¿Por qué el nombre? Pues por la inicial de la
fábrica de camiones Sauner y de la palabra
“especial” (sonder). Otras eses son que se trataba
de un super secreto. En Minsk un chofer con unos
tragos de más habló de su camión y de inmediato fue
condenado a muerte. Ciertamente el mundo no supo de
este engendro hasta después de la derrota fascista,
en el proceso de Nuremberg, pero quienes sufrían la
opresión de alguna manera lo descubrieron y
bautizaron a los camiones como “furgones de la
muerte”.
Pero... los camiones S dejaron de fabricarse y hasta
de usarse en menos de un año, por sus deficiencias y
los múltiples problemas que originaron. Hubo quejas
de choferes y de hombres de los comandos, por sufrir
fuertes dolores de cabeza, ya que absorbían gas al
momento de abrir las puertas. Pero de lo que más se
quejaban era de tener que sacar “aquellos cuerpos
malolientes y llenos de inmundicia” (¡!).
PRISIONEROS K
El término comenzó a aplicarse el 14 de marzo de
1944 en el campo de Mauthausen. Como parte del
decreto Kugel, a los prisioneros que llegaran allí
porque habían intentado huir de otro campo, se les
daba el nombre de prisioneros K.
Al prisionero K
no se le apuntaba en los libros de registro del
campo ni se le asignaba ningún número: directo al
calabozo y de ahí a la sala de duchas donde se le
obligaba a desnudarse y se le colocaba en un aparato
antropométrico “para medirle la talla” —le decían.
