ANTONIONI,


EL ÚLTIMO GRANDE





A solo unas
horas de la muerte de Ingmar Bergman,
este mismo lunes, lo sigue Michelangelo
Antonioni, el último de los grandes de
una época de cine de autor, que los
amantes del séptimo arte atesoran y
reviven, porque está vinculada con los
años juveniles en que, para los maduros
espectadores de ahora, todo era posible.


Antonioni, el último grandeDécada
prodigiosa la de los sesenta, y aquella
trilogía de Antonioni que nos dividió en
los bandos más extremos de la polémica,
con la famosa "incomunicación" del
realizador italiano tirando de las
riendas: La aventura (1960),
La noche
(1961) y El eclipse,
1962, todas interpretadas por Mónica
Vitti (con su voz de sensual afonía),
musa y compañera sentimental del
director.

Muere Antonioni
en Roma a los 94 años de edad y aunque
es el último de los grandes no puede
decirse que con él se lleva una época,
porque esa les pertenece a todos los
que, junto a su cine, y los otros de la
"pandilla" (Fellini, Buñuel, Bergman,
Kurosawa¼ ) aprendieron de la vida —no
lecciones, sino a tratar de comprender—
mediante aquellas historias que no pocas
veces dejaban con la boca abierta.

Aunque sufría
grandes dificultades para hablar y
moverse tras una parálisis cerebral
sufrida en 1985, Antonioni no dejó de
trabajar en proyectos para el cine y en
diciembre último, durante el Festival,
pudo verse un cuento suyo en la trilogía
Eros (2004), conformada por dos
historias más de Wong Kar Wai y Steven
Soderbergh, todas relacionando erotismo,
sensualidad y amor.

De Antonioni se
ha dicho que reflejó como pocos los
conflictos de la soledad humana, de la
individualidad y las dificultades para
establecer relaciones, pero a veces se
olvida recalcar que eso lo situó —¡muy
lejos de cualquier panfleto!— en las
fronteras de una sociedad moderna e
industrializada que convierte e hombres
y mujeres en meras piezas del engranaje.

Su primer
vínculo con la pantalla fue la crítica
de cine. Después, ayudante de figuras
cumbres como Marcel Carné y Rosellini.
Jugó en el equipo de los neorrealistas,
pero junto con Fellini y Pasolini estuvo
entre los primeros en darse cuenta que
la dinámica del arte lo tiraba por otros
rumbos. Comenzó entonces su cine de
autor, que alcanzaría la cumbre en 1966
con la que sin duda es su película más
aclamada, Blow-Up, sobre un
cuento de Julio Cortázar. (¿Pero dónde
dejamos Desierto rojo (1964) e
Identificación de una dama?
(1982).

Ir a ver una
película de Antonioni era entrar en un
universo regido por un simbolismo visual
a tono con los temas de la alienación,
el aburrimiento y el erotismo
desenfrenado, pero carente de amor.

Como muchos
otros buenos artistas trató de extraer
del alma los mil colores que matizan las
relaciones entre hombres y mujeres.
Hasta tal punto lo logró que algunos, en
un entorno de conflicto con su pareja,
no encontraron mejor símil que alegar
que "aquello" que estaban viviendo se
parecía demasiado "a una película de
Antonioni".

Por: Rolando Pérez Betancourt

rolando.pb@granm.cip.cu