NACIMIENTO DE UN CICLONCITO

(para chicuicuitos)

El viento y la brisa se encontraban muy atareados esa tarde, preparando una cama de hojas secas para el hijo que debía nacer muy pronto.

Estaban felices.

Sabemos que la brisa es suave y perfumada, y que el viento no es muy violento, como dicen. Es cierto que a veces anda de mal humor, arrancan
do hojas y resoplando,, pero no es como para que digamos que es alguien poco grato por rudo o mal vividor...

La verdad es que el viento es bonachón, un poco intruso, pero en general, es bueno.

El viento y la brisa se conocieron en unas quebradas. Su idilio, entre túne
les y cuencas, fue muy bello.

Como decía, estaban muy atareados, y por esta razón fue muy grande su sorpresa cuando vieron que las ardillas, conejos, castores, y otros animales, corrían en procura de un escondite...

-¿Què pasa? -preguntó a una comadreja-. ¿Por qué corren tanto?
-¡Viene tu primo! -contestó, asustada-. Ya sabes que no es de fiar, por cuanto su humor es terrible y de un solo resoplido puede arrancar muchos
árboles de cuajo...

El viento alzó la vista y lo vio: venía fumando un cigarro de hojas exóticas
hojas que ni el mismo viento conocía. Además, mientras avanzaba, se daba ínfulas de karateca lanzando patadas a los árboles, y su voz roca retumbaba en el bosque.

-¡Abran paso! ¡Soy el guapo, el guapísimo huracán...!

La brisa comenzó a temblar. No deseaba que su marido tuviera algún altercado con el huracán, porque este es muy violento y, a veces, muy mal educado, ya que ni siquiera se saca el sombrero ante una dama. El
viento le salió al paso.

-Detente, primo-le dijo.
-Ah, eres tú-replicó siempre en torbellino-. ¿Què deseas?
-No quiero que permanezcas en este bosque. Si vienes de visita, puedes quedarte un tiempo en mi casa, pero sin fabricar remolinos ni deshacer el orden que tenemos...
-Me extraña tan mal recibimiento... ¿Se te olvida que somos primos y que cuando chicos hacíamos rabiar a todo el vecindario?
-Nada he olvidado -se apresuró a contestar el viento-. Pero sucede que este bosque es mi hogar y no quiero que lo destruyas...
-Es una pena -murmuró el huracán-, porque me gusta arrasar con todo. Ya sabes que mi padre -el tornado- se siente muy orgulloso de mí...
-Ya lo sé... ¿Por qué no te vas al desierto- Allí no harías daño...
-Es cierto,pero quiero tener dificultades con el simún que es el amo de esos desiertos... Además, en las arenas no podría ejercitar mis músculos, pues no hay árboles... ¿No quieres que me quede por unos dos o tres años? Me portaré bien. No creo que en todo ese tiempo derribe màs de quinientos árboles...

-Lo siento, pero no puedes quedarte. Mi esposa, la brisa, dará a luz en estos días y necesita mucha tranquilidad. Además no quiero que se parezca a ti... Desde pequeño le enseñaré a no quebrar ramas ni botar nidos...
-Sí, eso queremos -intervino la brisa- y yo le enseñaré a jugar entre las flores sin dañarlas...
Está bien -dijo el huracán, y haciendo un último remolino se alejó en dirección al norte donde seguramente tendría largas discusiones con el cierzo ya que, a parte de ser helado, también es de mal carácter. Y ni ha-
blar del aquilón que posee fuerzas descomunales...

-¡Al fin se fue! -exclamó la brisa, mientras tejía un chal de totora y hojas de choclo.
-Ahora estaremos más tranquilos -replicó el viento, poniendo cada de papá contento-. Estos ansioso esperando que nazca nuestro cicloncito querido...

Así, la calma volvió al bosque. Y los animales y pájaros pudieron otra vez vivir en armonía y soñando con los caminos infinitos del amor total...

Poco después nació un robusto cicloncito y fue tan distinto al huracán que ni siquiera rompió la mamadera ni echó a perder en andador que le hiciera su padre...

Era un cicloncito muy distinto a sus abuelos ciclones...

EL OSITO DE PELUCHE

(para cuicuicuitos)

Entre decenas de juguetes había un osito con los ojos enlagrimados. La niña lo miró, asombrada, nunca la había pasado algo así, y no lograba entender
por qué su amigo parecía llorar en silencio.
Al tomarlo entre sus brazos pudo notar que en verdad estaba muy triste, una
gorda lágrima resbaló por sus suaves mejillas.

-¿Què te pasa, mi osito? De todos mis juguetes eres el único con cara de tristeza. ¿Qué pasa?

-¡Ay!...
-¿Te quejas? ¿Te duele la guatita, acaso?
-No, querida niña...
-Entonces... ¿por qué te quejas?
-Tengo mucha pena...
-¿Y por qué? ¿Acaso te molestó el elefante gris?
-No, nada de eso... Lo que pasa es que quisiera volver al bosque...
-¿Qué?
.Volver al bosque, dije...
-Pero no puedes, porque eres un osito de peluche, además nunca has estado en un bosque...
-Anoche soñé que estaba tomando agua muy dulce de un riachuelo que a
traviesa todo el bosque, y había miles de pájaros que cantaban cosas muy lindas...
-Pero fue un sueño nomás... No sufras por eso que no existe...
-Sí, existe, yo lo vi... Era todo muy lindo.
-Está bien, te llevaré a mi cama y dormiremos juntos porque esta noche mi osito tiene una pena muy grande...

Y la niña se acostó sin dejar de abrazar a su amigo de peluche.

Escúchame, niña... Cierra los ojos al mismo tiempo que yo... ¿Bueno?
-Està bien.

Y ambos cerraron sus ojos al mismo tiempo. Entonces la niña sintió una sensación muy tierna y dulce; sintió que volaba con el osito tomado de la mano, se elevaron sobre los postes y los árboles de la ciudad.

Divisaron a lo lejos un hilo de agua cubierto de lunas y estrellas que se internaba en un bosque...

La niña y su amigo siguieron al riachuelo y pronto se encontraron con una familia de osos. Papá oso no parecía de buen humor paro mamá osa tenía una cara muy simpática.

-¿Qué hacen ustedes? -preguntó con dulzura-. Ninguno de los dos pertene
.ce al bosque...
-Es cierto, señora osa, pero mi amiguito siendo de peluche tiene un cora
zón que hace tum tum porque le nació gracias a mi cariño... Y a veces cree que es de verdad y se lo pasa triste porque él quisiera venir siempre al bosque para estar con ustedes...
-Que venga siempre -dijo uno de los hijos-, nosotros jugaremos con él cada vez que venga...
Estoy de acuerdo intervino el otro hermano, cuyos ojos brillaban como dos uvas negras.
Entonces no habría problemas -dijo mamá osa- siempre que usted le dé permiso...
-Oh, sí, sí -replicó la niña-, yo quiero que mi osito sea feliz...
-¿Y qué le gusta comer? -preguntó papá oso.
-Sólo le gusta beber estrellas y jugar...
-Muy bien entonces. Bienvenido eres, pequeño y extraño amigo-terminó diciendo papá oso, mientras enroscaba la cola.

Y desde esa noche, el osito va siempre al bosque a maravillarse con los árboles tan lujosamente vestidos de verde, con los grillos y luciérnagas, y las flores, miles de flores y miles de perfumes...

A veces lo acompaña la niña, pero casi siempre ella prefiere que vaya solo a juntarse con la familia de osos verdaderos. Demás está decir que nuestro amigo de peluche es muy, pero muy feliz...

UN PEDAZO DE CIELO

(para chicuicuitos)

Las plantas al parecer no lo quería, se diría que lo esquivaban, porque el cardo aparentaba tener muy mal genio, dando la impresión de un eterno gruñón.
Esta actitud de las plantas se debía más que nada a la poco elegante figura del cardo. No lo miraban como a un semejante: no era de contextura graciosa y fina como la del yuyo o como la cicuta que alzaba al cielo sus florecillas de fuerte olor.

Tampoco tenía la gracia, en aroma y en flor, de la espigada malva, ni el tejido transparente de los hinojos que inundaban de fragancia la noche.

El era de figura tosca, de ademanes rudos, armado siempre de pequeñas espinas, lo que parecía indicar que no deseaba tener amigos...

¿Y quién podría atreverse siquiera a trabar amistad con este áspero vegetal semejante a un guerrero? Esta pregunta se la hacían otras plantas y nadie, por cierto, quería intentarlo...

Para ellas, era un ser extraño, venido talvez de otro planeta. Era una especie de monstruo espacial, y este solo pensamiento le erizaban las hojas...

Porbre amigo cardo, él no había hecho nada malo, nada, pero igual le temían, y era muy poco grato a la sensibilidad de las otras personalidades vegetales. En torno suyo, sólo minúsculos tréboles se atrevían a vivir...

Nuestro amigo cardo no les guardaba rencor, comprendía que las plantas,
en cierto modo, tenían razón. El ni siquiera tenía flores, ni lindas ni feas,
que lo transformaran en uno más de los habitantes floridos...

Además se sabía poco simpático por su aspecto fiero, pareciendo más que un vegetal un centinela de piedra. Claro, a él le habría gustado mucho estar más en ambiente junto a las demás plantas, departir con ellas y soñar, sí, soñar con la llegada de la primavera para luego esgrimir sus flores, intercambiar perfumes y sensaciones.

Como debía permanecer solo, la tristeza se fue apoderando de su savia y, al no tener con quien establecer una relación, se dedicó a observar los infinitos caminos del cielo. ¡Qué lindo es todo allá! Así supo que durante la noche las estrellas juegan a las muñecas en tanto devoran pasteles azules. Supo también que ellas son niñas que salen a cantar, a bailar, y a dar gracias al Creador por la luz, el aire, el agua, el color, por todo lo que nestá creado para quien quiera disfrutarlo...

sucedió entonces que una noche, cuando el cardo suspiraba mojado por una llovizna de amargura, una de las niñas estrellas miró hacia abajo y entre los numerosos vegetales divisó a nuestro amigo que miraba lloroso el ir y venir de las damas de luz.

-¿Por què tienes pena? .le preguntó.

El cardo no pensó que se dirigía a él, tan desaliñado y poco elegante...

-A ti te habló -le dijo otra vez-. No me has respondido. ¿No te agrada mi
amistad?
El cardo sintió ahora color en sus hojas como si tuviera vergüenza,
-Perdona -murmuró., nunca imaginé que una estrella se fijara en mí. ¿Sabes? Estoy muy solo...
-No comprendo -dijo la estrella, sentándose sobre una piedra-. Una planta
como tú no debe estar nunca triste. Todas las creaturas verdes son para dar alegría y, por lo tanto, deben mostrarse chispeantes, contentas de vivir...
-Eso lo sé -`penas respondió el cardo-, pero si mis hermanas plantas no me quieren ni me miran como a un hermano, ¿puedo estar feliz?
-Extraño es que digas eso. Creo que sí te quieren...
-Es posible, aunque que creo que la causa principal es mi ausencia de flo
res, de variados colores... En cambio, yo no...
-Eso lo arreglaré ahora mismo -dijo la niña estrella-. Casualmente ando trayendo debajo de mi pelo un regalo para ti. Con él te sentirás mejor.

Entonces prendiò entre sus ramas un pedazo de cielo.

El cambio fue total: se veía ahora mucho más elegante, más optimista y,
verlo las otras plantas, les pareció un farol con su flor de azul intenso.
Ahora sí lo reconocieron como hermano y lo invitaron, en forma muy especial, a un festival de esencias aromáticas, en donde la felicidad fue una flor gigantesca.

Desde entonces el cardo canta de alegría. Y no ha olvidado jamás a la niña estrella que una noche, al verlo tan triste, le regaló un pedazo de cielo.