Entre el XX y el XXI
De Antología poética andaluza I
(Editorial Carena)

Felipe Benítez Reyes
(Rota, Cádiz,1960)

La condena

El que posee el oro añora el barro.
El dueño de la luz forja tinieblas.
El que adora a su dios teme a su dios.
El que no tiene dios tiembla en la noche.

Quien encontró el amor no lo buscaba.
Quien lo busca se encuentra con su sombra.
Quien trazó laberintos pide una rosa blanca.
El dueño de la rosa sueña con laberintos.

Aquel que halló el lugar piensa en marcharse.
El que no lo hallo nunca
es desdichado.
Aquel que cifró el mundo con palabras
desprecia las palabras.
Quien busca las palabras que lo cifren
halla sólo palabras.

Nunca la posesión está cumplida.
Errático el deseo, el pensamiento.
Todo lo que se tiene es una niebla
y las vidas ajenas son la vida.

Nuestros tesoros son tesoros falsos.

Y somos los ladrones de tesoros.

La flecha del tiempo
Nunca seríamos
como esos adultos – nos juramos-
que miraban ansiosos, turbiamente,
a través del cristal de las cafeterías
- como en cierto poema de Rimbaud-
la entrada de los jóvenes altivos
en la cueva dorada de la noche.
Y sin embargo
ahora estamos aquí, sin entender gran cosa,
ante un vaso de hielo y de ansiedad,
arañando con fiebre y con rencor
en el cristal del tiempo un espejismo.

(de Escaparate de venenos)

Juana Castro
(Villanueva de Córdoba, Córdoba, 1945)

De la crianza en cautividad
Pues tú eres el mundo, y es inútil
planear o la risa,
porque el humo se adentra
por mis ojos y huelo
solamente tu voz,
tan blanca
como flor de azahar, por los labios
de marzo desprendida.
Y no hay nada, lo sé,
ni encima de mi vuelo, ni en las puntas
de la rosa acerada de los vientos.
Sola tú, desde el fondo
del tiempo me predices
y callas en la luz.
No quiero los diamantes, que en cenizas
se trocan cuando bailo y me besan.
Es mi noche, y te amo
aunque sea tan tarde.
Pues tú sola es el mundo

(De Arte de cetrería)

Lacería
Cuando atardece el campo
y apacigua la parra su penacho de briega,
se me confiesa madre
entre las luces malva de su duelo.
Una niña la escucha,
pero le llueven piedras, y en el pecho
le crece una maroma que la llaga.

Y otra vez y de nuevo, madre,
en este aturdimiento de las horas oscuras,
en tu empeño porfías
y me hurtas tu amparo,
y a cambiarlo me obligas por las alas
que ni tengo ni tuve
más que en aquella fábula.

Fuese locura hacerme
fingida confidente en tus afanes,
y locura es mirarme
tan huérfana de ti,
con tu locura sola.

(De Los cuerpos oscuros)

Rafael de Cózar
(Tetuán, Marruecos, 1951)
Adicción
En las esquinas de la frente
rebusco tus escombros
y cada día sueño y me licoro
hasta ganar la conciencia
de la ebriedad
culpándote incluso
de esta líquida adicción
que poco a poco
me asocia al vampirismo.

Medio dormido, a tientas

Medio dormido, a tientas,
en la hojarasca fría de las sábanas busco
la pálida página de mi agenda nocturna
donde dejé anotada
la dorada rúbrica de su cuerpo.
Medio dormido, a tientas,
en los confines de mi extenso imperio
mi adorable enemiga de Flandes
extiende hacia mí su ejército
y me devuelve impreso,
medio dormido, a tientas
el eco oloroso y tibio de su piel.

Medio dormido, a tientas,
fugitivo esta noche de los sueños,
rebusco en las llanuras de mi lecho
y me enredo al fin
en las extensas raíces de sus piernas
hasta darme de bruces con su pecho.
Ella entonces, medio dormida, a tientas,
extendiendo las manos hacia mí,
abraza con sus dedos mi cabeza
de buceador suicida
y en un momento
ya no encuentro manera de impedir
que los Tercios se vayan al infierno
con una nueva noche sin dormir…

Manuel Gahete
(Fuente Obejuna, Córdoba, 1957)

Vitral

Te derramaste azul sobe mis ojos
como el azúcar ebrio del granizo
besa las azucenas. Y era invierno.

Te quise añil bajo mi vientre oscuro:
en el fragor, tus miembros, mi avaricia,
el estertor de alas sobre el cuerpo.

No existe nieve, mar, cristal, rocío
capaz de guarecerme de esa llama.
Cercado estoy, mujer, en tu universo.

(De La región encendida, Ávila, 2000)

Oficio de escribir

Escribo ser como si escribo nada
con la sangre apretada por un puño
creciendo sobre el hueco de la carne

Escribo amor como si escribo lluvia
para saberme vivo y que tú existes
en el húmedo adiós del horizonte.
Escribo paz como si escribo llanto,
sé que la sed del labio no contiene
tanto dolor de un hombre a la deriva.
Escribo Dios como si escribo muerte
para saberme aquí, que no estoy solo,
que funde el mar mi voz en lo infinito.

(De El legado de arcilla, Córdoba, 2004)

José Lupiáñez
(La Línea, Cádiz, 1955)

Fez

Llevo en mi corazón el vocerío
de las antiguas calles de Fez.
Fez, que si mis labios te pronuncian
siento en el corazón la algarabía,
aquel júbilo de antiguas lenguas…

Fez, eres como el siseo de la serpiente,
más que un cuchillo corta tu nombre.
Ciudad o cofre dorado del deseo,
ciudad o chasquido o daga,
trae hasta la memoria los días
en que tuviste entre tus brazos
o entre tus sierpes, la errante,
que ahora te nombra desde lejos.

(De Número de Venus, Granada, 1996)

El retorno

Es la hora del regreso:
el camino que verde desafiaba a la tarde
habrás de desandar en esta hora nocturna.
Te alumbrarán las débiles luciérnagas
y las cumbres lejanas vigilarán tus pasos.
Las mismas ramas, aún cuajadas de trinos,
te saldrán al encuentro.

Ya encienden las aldeas
sus hogueras profanas.
Arden al fuego carnes con aroma
y cunde el vino rojo en las tabernas.

Tú vuelves de aquel bosque
con los haces de leña sobre el hombro
y ese gozque que mordisquea los talones.
Nada más traes contigo,
las manos con heridas recientes,
el corazón con las antiguas.

(De Puerto escondido, Málaga, 1998)

Manuel Moya
(Fuenteheridos, Huelva, 1960)

Las islas del mediodía
Aquí hallarás resguardo en la tormenta,
fruto en sus vaguadas y alivio a tu dolor.
Sin embargo échate al mar
apenas la calma lo permita.
Aléjate.
que la tierra que una vez te cobijó
no vuelva al cabo su brazo contra ti.
(De Interior con islas)

Canción del Tajo

Me quiero navegable como el Tajo
y que un hato de lucios o de tencas
salten por mi vientre.
En invierno quiero dar calor a una comarca
y en verano arrancar el escalofrío de un niño.

Me quiero navegable
y que los barcos crujan en mis huesos
y bailen las muchachas
al compras de una orquesta,
que los viejos pesquen en mi orilla
y no falte al arenero su jornal, su vaso de alma.
Me quiero navegable y ser por un momento
reflejo de esos pájaros
que cruzan volando el continente,
nubes a quienes nada importa
quedarse en el camino
o deshacerse como uva en el lagar del cielo.
Me quiero navegable y estar pasando a veces
y cantar a mi modo
canciones muy sencillas y tristes.

(De Jerruje)

Antonio Rodríguez Jiménez
(Córdoba, 1959)
El lenguaje de los párpados
No bajes la voz. Nadie vendría a escucharte.
Tras el cristal está el vacío:
una nada gigante
que mantiene un mundo confuso,
oblicuo, aparte, al que no se puede acceder por las galerías
desiertas de ese corredor.
Déjate llevar por la ingravidez de tus
sentidos.
Deja que los demás hablen por ti.
Tus parpadeos son hermosos.
Tan cálidos como el aliento de un ángel,
tan frágiles
como las alas de esa vieja mariposa que acaba de nacer.

Plaza de Marrakech

Cuando cae la tarde la plaza Djemaa el Fna cambia de siglo.
Sientes de repente la necesidad de subir a la terraza
de un café para que el mundo no te atrape.
Los vehículos estorban tal si quisieran
irrumpir en otra época.
Víboras se mecen adormecidas sobre un asfalto
repleto de venenos, junto a micos que atrapan transeúntes
como si implorasen fotografías a cambio de monedas.
Más allá, un viejo ciego de cannabis vende hierbas mágicas.
Dos ojos negros, profundos como un vaso de almíbar,
quisieron tatuar mis manos o mis pies de henna.
Luego, entré en las serpenteantes calles del zoco
y adquirí una gran bolsa de Baraka. Allí volaban alfombras
y los alacranes se retorcían inquietos en tarros
de cristal junto a azafranes, mirras, cuarzos y líquidos;
elixires exquisitos para atrapar las voluntades
en lámparas de bronce y perfumadores de nácar.
Esa mágica plaza de Marrakech es realmente la asamblea
del fin del mundo,
como si los hombres, las mujeres, los niños y los animales
re reunieran
por última vez, intercambiaran cosas y prometieran
devolvérselas en la otra vida.

Ana Rosetti

Inconfesiones de Gilles de Rais

“…se hallaba tendido en una chaisse=longue, y tençia en
su blanca mano una rosa sin perfume.”
O.Mirabeau
Es tan adorable introducirme
en su lecho, y que mi mano viajera
descanse, entre sus piernas, descuidada,
y al desenvainar la columna tersa
- su cimera encarnada y jugosa
tendrá el sabor de las fresas, picante-
presenciar la inesperada expresión
de su anatomía que no sabe usar,
mostrarle el sonrosado engarce
al indeciso dedo, mientras en pérfidas
y precisas dosis se le administra audacia.
Es adorable pervertir
a un muchacho, extraerle del vientre
virginal esa rugiente ternura
tan parecida al estertor final
de un agonizante, que es imposible
no irlo matando mientras eyacula.

(De Los devaneos de Erato, 1980)

El Jardín de tus delicias

Flores, pedazos de tu cuerpo;
me reclamo su savia.
Aprieto entre mis labios
la lacerante verga del gladiolo.
Cosería limones a tu torso,
sus durísimas puntas en mis dedos
como altos pezones de muchacha.
Ya conoce mi lengua las más suaves estrías
de tu oreja
y es una caracola.
Ella sabe a tu leche adolescente,
y huele a tus muslos.
En mis muslos contengo los pétalos mojados
de las flores. Son flores pedazos de tu cuerpo.

(de Los devaneos de Erato, 1980)

Juan José Téllez
(Algeciras, Cádiz, 1958)

Qasida número 16

En Axa, aquella mujer celeste
me decía de amarnos,
amarnos hasta que amanezca,
hasta que cambie
la luz de Orión, el camino
del mar,
la dulce sintonía del mar,
en Axa me decía
(temimos el fino puñal de oro
del esposo). Me decía
de amarnos, amarnos hasta siempre,
hasta que amanezca en Axa.

(De Medina y otras memorias, 1981)

Los mejores años

ANUDAN en pañuelo su camisa al vientre,
les acompaña el rizo del salitre
y estambres del amor devoran su pistilo
como planta carnívora. Fugaz, dicen luego,
esa edad primeriza. ahora eterna,
en cambio, juzgan la plenitud de sus miembros
y suponen permanente la alborada
e invicta la luz del mediodía
que su alborozo enciende.
Corren a poniente sudorosos, silban cánticos
frívolos y exponen su ocio al anciano que mira
los años perdidos. Los mejores, miente.
( De Bambú, 1987)

Tomado de la revista Malabia