FERNANDO PASTÉN Y SEÑORA

Debo manifestar una rabia feroz porque Fernando Pastèn y su esposa deja-
ron de pertenecer a la Sech. Pienso que no fue valorada su faena como cuidador, aseador, mandadero, verbo auxiliar, en la Casa del escritor.
Hace cuarenta y tres años vi llegar a la Sech a un matrimonio joven a trabajar. Fernando y yo tenemos la misma edad (en ese tiempo, 24 años)
Ydesde entonces lo tratè siempre como a una persona respetable, transformàndose luego en un gran amigo, no sòlo de quien escribe sino de todos los poetas y escritores. Se le querìa grandemente. Pese a su condiciòn humilde, era y es un caballero en todo el sentido de la palabra. Siempre atento. En los años que estuve realizando recitales de poetas mujeres, èl estaba presente con su enorme voluntad, ordenando sillas, limpiando el escritorio, colocando vasos con agua, y colaborando con entusiasmo en los eventos.
Fernando Pastrèn forma parte de la familia poètica, trabajador, limpio, afable, buen individuo.
¿Por que se tuvo que ir? Conversè con èl: "Hace meses que me deben una plata. Tampoco me quieren aumentar el sueldo. ¿Y sabe? Aquì hay mucha prepotencia... Los directores se creen dioses, lo mandan a uno como si fuese esclavo..."
Le dije: no se vaya, Fernandito, tenga paciencia. No hay cabeza que no ruede en este mundo... No se vaya...
"Sabe, Carlitos? cuando haya otra directiva, si me necesitan y me llaman,
yo me vengo a trabajar encantado porque aquì, despuès de 43 años, yo me siento integrado a ustedes, los que son caballerosos y respetuosos, y le aseguro que, aparte de Ud, son re-pocos los que se salvan ahora..."
Lo vi ordenar sus ropas, vestones, frazadas, tambièn su esposa afanada en meter sus cosas en cajas de cartòn, sì, estaban allì, empaquetando sus cositas, mientras los ojos se me inundaban salì de la Sech, ya no quise seguir vièndolos arregar y embalar sus pertenencias.
Sentì gran pena. ¡43 años! Una vida tirada al tacho de la basura...
Observè a la gente que transitaba por Vicuña Mackenna y terminè asegurando que desde los primeros tiempos, los hombres con poder nada valen ante la grandeza de unas manos trabajadoras como las de Fernando Pastèn... y las de millones de trabajadores como èl que un dìa nunca pensado terminan injustamente arrojados de sus labores...
Es una realidad que apesta, enferma, duele...

de "Sobre los techos duermen las estrellas" (inèdito)
S Ù P L I CA
(Nicuento)
Estaba lavando su herido pantalòn. Entonces le pidiò -ensangrentados los ojos- que no te fueras primero. Temblaba imaginàndote partir hacia oscuras regiones, tal vez llenas de fauces enormes como las que veìan en el cielo de la tarde... Quizà no quisiste dejarlo enredado en zarzamoras: no respondiste al terror ni a los negros fantasmas de sus palabras.
Te miraba como a una montaña màgica poblada de àrboles los cuales cantaban alegrìas o tristezas que su torpe mente no podìa entender. El sòlo sabìa gimotear cuando desde su camiòn de madera caìan sandìas o melones de piedra...
Las manos de su madre, tan castigadas por jabones, cloros, perlinas, eran jòvenes y hermosas. Y capaces de llevarlo a rincones azules donde bailaban magos, princesas, y caballitos de azùcar galopaban en prados de crema y chocolate...
¿Què serìa de èl si le faltara esa ternura con que se bañan sus ojos? Ah, madre! ¿Quièn sacarìa de su cabeza loca ese constante infierno de piojos? Ella lo arropaba en las noches con ropas olorosas a tierra hùmeda. Y le dejaba en la mejilla un beso. Un beso. Y... si ella se iba, el pàjaro quedarìa sin alas, sin color...
La madre parecìa no comprender sus temores. La lluvia, ah, la lluvia espantosa zapateando sobre las latas, tirando palos y juguetes siniestros...
Para detener vendavales y brujos voladores, ella quemaba extrañas hojas secas...
Recordaba al hombre que muriò de frìo una noche. Lloraba, gritaba, pidiendo albergue o un plato de agua caliente aunque no tuviese estrellas.
En la mañana lo vio: boca abierta llena de barro y los ojos en direcciòn a los cerros lejanos. Sintiò que de alguna manera habìa muerto tambièn cubierto de sombras nevadas...
Y la señora Blanca... Le gustaba beber vino blanco y siempre se llenaba de seres raros su cabeza. Hablaba con ellos de mariposas y luceros perdidos debajo de la cama. Una tarde enmudeciò rodeada de sus fantasmas preferidos. Ahora sòlo sus ojos murmuraban querubines frente
a la pared.
Testigo de esa partida, èl no sabìa còmo amontonar tanta lluvia y tanto cielo en su cabeza. ¿Por qué la gente se esconde bajo la tierra?
Le dijo tantas veces a su madre, no te vayas, no permitas que la tos, el frìo y el hambre se queden conmigo...
Ella no lo escuchò?
Y se apagò en silencio como una estrella fugaz en noche de heladas arenas. El niño nunca sabrìa que una muñeca de trapo le enseñò a ser madre...

O T O Ñ O
(Nicuento)
Quizà no debiera comer flores salpicadas de lluvia ni beber aquellos resplandores amarillos que despiden los aromos.
Susana quiere ver en mi un camino exactamente igual a otros, sin ocuparme de las flautas que emiten su magia desde las aguas.En todo caso, no puedo. No.
Me encontrarà como es ya costumbre: jugando con estrellas, mientras en rededor pasan los hombres con ojos apagados. Muertos.
Yo sè que a ella le gustarìa que no caminara bajo las acacias impulsado por un sueño, sufriendo por todos los que no pueden ver porque un signo monetario les pudriò las pupilas.
Hace un año estaba dichoso, sintiendo muy cerca su aliento frente al mar.
Sì. Hace un año. Hace un año tambièn fui infeliz porque ella no quiso seguir conmigo el vuelo de las golondrinas...
Le he dicho que no puedo arrancarme el cerebro para tenerla contenta y con ello demostrarle que soy ùnicamente en ella. Susana odia el vuelo, la ceniza, el cielo. Pobre alma mìa. Le he manifestado que luche por subir los pàrpados: estàn sellados hasta el infinito.
No sè por què la quiero.Ama la oscuridad desde nacimiento. Se rìe cuando le hablo de los pàjaros al amanecer... Se rìe.
Parece que hoy no vendrà. Ha pasado ya una hora. Y su odiada y querida silueta no se vislumbra. Quizà no pueda venir porque una fiera la conduce a un placer efìmero. Puede estar devorando estièrcol, terrones, y al mismo tiempo derribando murallas con su risa.
Talvez la odio.
La dorada alfombra del parque cruje bajo mis pies. Es tarde. Hace frìo. Y no viene. Y nunca sabrà que la he esperado un siglo. Algunas làgrimas ruedan por mis mejillas de madera...
Debo irme.
Antes arrojo hacia todas partes la mirada. Al parecer, Susana no existe.
Quizà nunca existiò.
El hielo de la noche me recuerda que las lucièrnagas no pueden ocultar mis huesos...
de "Sobre los techos duermen las estrellas"