Cuando entré a esa reunión cuya fecha olvido, vi a este hombre bajo, rechoncho, sanchopanzado pero, con movimiento ligero y joven, de ojos radiosos. Tranquilo, de una inteligencia en bruto, despejada. Sus ojos denotaban una enorme pureza al mirar, con el ceño fruncido siempre, era un soñador, un utopista.

Obrero carbonífero que desde su niñez supo lo que era el fondo de la mina bajo el mar. Desde el momento mismo en que descendió el primer día en la jaula, sabía sellado su destino.

Las nubes –ese día- estaban cubriendo como negras mantas el cielo presagiando lluvia.

En la pieza imperaba un ambiente de amistad. Los allí reunidos, tomamos medidas para el cercano conflicto que ocurriría a raíz de la presentación del pliego de peticiones que presentaría el sindicato, cada cual adoptábamos una posición al respecto, parecía ser de que nunca nos pondríamos de acuerdo los miembros del Comité Local.

Somos seres a quienes el tiempo ha marcado aunque ninguno –ese momento- está consciente en qué medida somos o estamos dependiendo del curso histórico con el que a veces caemos en contradicción a causa de los hechos.

No hacía mucho, que yo había estado en su casa disfrutando de un rico plato de porotos con chicharrones de tragua y zapallo. Este Juan Bastías Zenteno, vivía en una choza oscura, hundiéndose en la tierra húmeda, en un ambiente en el que se mezclaba el olor humano de años, humo de leña y la fungocidad, por ese entonces, tenía tres niños. Trabajaba en Schwager. Su mujer, muy joven, de seguro le daría muchos hijos más, blanca, agraciada, hermoso pelo negro muy largo, con su cuerpo bien formado, torneadas piernas y abultados senos, grandes caderas. Ese era su lugar idílico, en su vivienda en unos cajones, Juan, tenía una gran cantidad de libros. Cada invierno ese esmirriado poblado minero se convertía en lodazales, y un insoportable polvo y mosquerío en verano, los charcos que en ese período estival sobrevivían eran foco de zancudos y otros mosquitos. Todo se confundía en medio de zarzas, chilcas e incluso manzanos y avellanos silvestres esa miseria feroz en que se asentaba el rancherío. Estos chilenos viviendo “entre basura y vendaval”, que carecen de la más precaria garantía de vida, donde la pauperización es un poder devorante e insaciable, allí no alcanzaban –cientos de niños- a cumplir un año de vida. La muerte estaba al acecho.

La muerte también acechaba en la mira, tras una explosión de grisú o derrumbes.

Ahí estaba sobre el escenario del teatro sindical arengando suavemente, en medio de un silencio total del genterío, seguro de sí mismo, convencido de lo que decía. Con pausada voz de sabio, el minero Juan Bastías Zenteno, presidía la asamblea.

No hubo desorden.

Los apretujados mineros exteriorizaban su ánimo con estentóreos gritos:

¡Vivan los mineros del carbón!

Uno que otro asambleísta levantaba su brazo pidiendo la palabra.

¡No queremos salarios de hambre compañeros!

El orador -Bastías- instaba con vehemente suavidad, sabía exaltar a la gente, conocía a fondo su clase.

“Todos los gobiernos compañeros, amparan el capitalismo burgués, se han olvidado de los indefensos, los pobres de Coronel y Schwager”.

Con la violencia de la calma, sin exaltaciones, Bastías encendía los ánimos, ese hijo de campesinos pobres, casi iletrado con su segundo año primario, sabía conducir y manejar a su gente.

¡Todo un líder!

Se aprecia en su rostro enrojecido, como un tipo saludable, de enorme alegría por saberse capaz de conducir esa asamblea de cinco mil mineros, dispuestos a desafiar una posible represión, justo frente al cuartel que el regimiento “Chacabuco” tenía en Coronel, por los años de la infamia. Estaba allí un oficialito de azules ojos malvados de apellido Pinochet Ugarte.

Las calles adyacentes al local sindical estaban llenos de gente. Los fornidos mineros habían formado una barrera pasiva que detenía a todo el osado que quisiera atravesar el lugar a provocar a los militares.

Sin embargo; pese a todo lo previsto la asamblea no se disolvió, al contrario, se fue formando una enorme columna precedida de banderas. Comienza una marcha.

Ondeaban banderas rojas y sindicales.

Mostrando sus hermosas piernas, al pedalear su bicicleta, Norma Hidalgo seguía paralela a la marcha, ella era estudiante de liceo, hija de un obrero del salitre, Miguel Hidalgo que fuera compañero de Luis Emilio Recabarren en la pampa, por muchos años avecindado en Coronel, instalado con un pequeño restaurante.

La gente se desbocó por las calles, hombres y mujeres se sumaban a la marcha que había surgido espontánea tras la efervescencia de la masa concientizada por Bastías. Las personas salían desde el interior de sus casas para verlos pasar, algunos se incorporaban espontáneamente. Aparecían en las calles aledañas los pobres, los hijos de los piques, de los chiflones, los condenados de los laboreos: los mineros del carbón.

La multitud cantaba:

“Arriba los pobres del mundo,

de pie los esclavos sin pan…”

Se despoblaba Villa Mora, Yobilo, Los Rojas, los insaciados eran movidos por ese hombrecito de rostro campesino, bonachón y de aspecto insignificante.

¡Exaltada avanza la hueste minera!

Una multitud vociferadora, causante de pánico, agitaban su propia magnitud:

¡Huelga compañeros!

Miles de gargantas respondían.

¡Huelgaaaa Mierdaaaa!

Del huaso sumiso había salido esta raza que hervía , de los “merluzas con banda” que en las calles marcaban el registro atronador de sus pasos.

El cielo tomaba un color negro como el carbón. Un fantasma recorría el pueblo, fermentaba la lucha de clases.

Apenas por la mañana el Comité Local clandestino, había dispuesto como actuar en la emergencia. Ya todo funcionaba.

Todos veían a Juan Bastías Zenteno. El chico Bastías lanzando su mirada alegre llena de malicia. Había aprendido a conocerse, una madurez repentina, de un tirón.

La huelga fue un hecho, se extendió por todos los rincones de la mina y subió a la superficie, luego fue general en toda la zona del carbón.

La huelga. ¡Y no hay salida!

La tempestad se avecina y la lluvia arrecia. EL MIRÓN DE LA CALLE