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14 Mayo 2006

CRONICA DE LAS VIOLACIONES EN ATENCO: MÉXICO

por Valentina Palma, documentalista chilena capturada por la policía
mexicana durante la incursión de ésta en San Salvador Atenco el pasado
4 de mayo

Santiago de Chile, Martes 9 de Mayo, 2006

Mi nombre es Valentina Palma Novoa, tengo 30 años, de los cuales los
últimos once he vivido en México. Soy egresada de la Escuela Nacional
de Antropología e Historia y actualmente curso el cuarto año de
Realización cinematográfica en el Centro de Capacitación Cinematográfica.
Tengo FM 3 de estudiante.

A continuación quisiera relatar a usted los acontecimientos de los
que fui testigo durante los violentos incidentes ocurridos en el poblado
de San Salvador Atenco el Jueves 4 de Mayo del 2006, los cuales
terminaron con mi expulsión del país de manera injusta y arbitraria.

1.- El día miércoles 3 de Mayo, luego de ver las noticias en
televisión y enterarme de la muerte de un niño de 14 años, mi condición de
antropóloga y documentalista hizo que me conmoviera con el deceso de éste
pequeño por lo cual decidí dirigirme a San Salvador Atenco a registrar
cual era la situación real del poblado. Pasé allí la noche, registrando
las guardias que la gente del pueblo había montado y realizando
entrevistas en las mismas. Hacía frío, me arrime a las fogatas que la gente
del pueblo había montado mientras seguía registrando imágenes. La luz del
amanecer anunciaba un nuevo día: jueves 4 de Mayo.

Han de haber sido como las 6 de la madrugada cuando las campanas de
la iglesia de San Salvador Atenco comenzaron a sonar: tum tum tum tum,
una y otra vez, mientras por el micrófono se vociferaba que la policía
estaba sitiando el poblado. Las bicicletas iban de un lado a otro, la
panadería de un costado de la iglesia ya había abierto sus puertas y la
calidez del olor del pan recién horneado inundaba la calle junto con el
ir y venir de los campesinos en bicicleta. El señor que vendía atoles
me dijo que tuviera cuidado, que los que venían “eran muy cabrones”. Me
dirigí a una de las guardias, donde los campesinos miraban en dirección
a la manada de policías que allá a lo lejos se veía.

Metí el zoom de la cámara, me di cuenta que eran muchos y que
cubiertos por sus escudos avanzaban dando pequeños, imperceptibles pasos.
Sentí miedo, ellos eran muchos fuertemente armados y los campesinos pocos y
desarmados. En la pantalla de mi cámara veo cómo uno de los policías
apunta y dispara hacia nosotros un proyectil que cuando llego a mi lado
pude oler y sentir que era de gas lacrimógeno. Más y más gases
lacrimógenos rápidamente fueron sepultando la calidez del olor a pan recién
horneado y transformaron el angosto callejón en un campo de batalla. El
aire era ya irrespirable y me fui a la plaza mientras las campanas sonaban
con mas fuerza, por diferentes calles se veía a la policía a lo lejos
avanzar.

La poca resistencia que hubo por parte de los campesinos dejo de
resistir ante el ataque de las fuerzas policiales que abruptamente se
abalanzaron sobre los pobladores. Apagué mi cámara y junto con los demás
corrí lo más rápido que pude. Frente a la iglesia había un edificio
público con las puertas abiertas y ahí me metí a esperar ilusamente que la
turbulencia pasara. Habían ahí dos jóvenes resguardándose también
ilusamente del ataque. Éramos tres y nos mirábamos las caras angustiados y con
miedo.

Cuidadosamente me asome a mirar a la calle y ví como cinco policías
golpeaban con toletes y patadas a un anciano tirado en el piso sin
compasión alguna. Sentí más miedo, regresé y le dije a los otros dos jóvenes
que necesitábamos escondernos más, que ahí estábamos muy expuestos.
Ilusamente nos subimos a la azotea y acostados boca arriba mirábamos los
helicópteros que como moscardones ronroneaban en el cielo, mientras el
sonido de los disparos fueron formando parte del paisaje sonoro del
lugar. Una voz de hombre violentamente nos gritoneaba “bajen a esos
cabrones que están en la azotea”.

Primero bajaron los dos jóvenes, yo desde arriba miraba como los
golpeaban y con pánico no quise bajar, ante lo que un policía gritó:
“bájate perra, bájate ahora”. Baje lentamente, aterrorizada de ver como
golpeaban en la cabeza a los dos jóvenes. Dos policías me tomaron haciéndome
avanzar mientras otros me daban golpes con sus toletes en los pechos,
la espalda y las piernas. Mis gritos de dolor aumentaban cuando escuché
la voz de alguien que preguntaba por mi nombre para la lista de
detenidos, respondí “Valentina, Valentina Palma Novoa” mientras un policía me
ordenaba que me callara la boca y otro me golpeaba los pechos. Una voz
de hombre ordeno que me taparan con los escudos para que no vieran como
me golpeaban. Se detuvieron a un costado de la iglesia y ahí me
ordenaron que junto a los demás detenidos me hincara y pusiera mis manos en la
nuca. Siguieron golpeándonos, mi celular sonó y una voz ordenó que
registraran mi bolsa.

En ese momento fui despojada de mi cámara de video, de mi celular y
mi pequeño monedero con mis identificaciones y quinientos pesos. Me
levantaron de los pelos y me dijeron “súbete a la camioneta puta”. Apenas
podía moverme y ellos exigían extrema rapidez en los movimientos. Me
abalanzaron encima de otros cuerpos heridos y sangrantes y me ordenaron
bajar la cabeza sobre un charco de sangre, yo no quería poner mi cabeza
en la sangre y la bota negra de un policía sobre mi cabeza me obligo a
hacerlo. La camioneta encendió motores y en el camino fui manoseada por
muchas manos de policías, yo solo cerré los ojos y apreté los dientes
esperando que lo peor no sucediera. Con mis pantalones abajo, la
camioneta se detuvo y se me ordeno bajar, torpemente baje y una mujer policía
dijo: “a esta perra déjenmela a mí” y golpeó mis oídos con las dos
manos. Caí y dos policías me tomaron para subirme al bus en medio de una
fila de policías que nos pateaban.

Arriba del bus otra policía mujer pregunto mi nombre mientras dos
policías hombres pellizcaban mis senos con brutalidad y me tiraron encima
del cuerpo de un anciano cuyo rostro era una costra de sangre. Al
sentir mi cuerpo encima el anciano gritó de dolor, trate de moverme y una
patada en la espalda me detuvo, mi grito hizo gritar al anciano
nuevamente, que pedía a dios piedad. Una voz de mujer me ordeno que me acomodara
en la escalera trasera del bus, así lo hice y desde ahí pude ver los
rostros ensangrentados de los demás detenidos y la sangre esparcida en el
piso. Sin estar yo sangrando, mis manos y ropa estaban salpicadas de
sangre de los otros detenidos. Quieta y escuchando los quejidos de los
cuerpos que estaban a mi lado, escuchaba como seguían subiendo detenidos
al bus y preguntando sus nombres en medio de golpes y gritos de dolor.
No se cuanto tiempo pasó, pero el bus cerró sus puertas y hecho a
andar. Dimos vuelta cerca de dos o tres horas.

La tortura comenzó y cualquier pequeño movimiento era merecedor de
otro golpe más. Cerré los ojos y trate de dormir, pero los quejidos del
anciano que estaba a mi lado no lo permitieron, el anciano decía: “mi
pierna, mi pierna, dios, piedad, piedad por favor”. Lloré amargamente
pensé que el anciano moriría a mi lado, moví mi mano y trate de tocarlo
para darle un poco de calma, un tolete fue a dar sobre mi mano, ante lo
cual, con un gesto, pedí compasión al policía que dejo de golpearme.
Queriendo darle un poco de amor acaricie la pierna del anciano que por
unos momentos dejo de quejarse. Le pregunte su nombre y me respondió. “Si
me muero no lloren, hagan una fiesta por favor”. Lloré en silencio
sintiéndome sola en compañía de los otros tantos cuerpos golpeados,
pensando lo peor; que nos llevarían a quien sabe que lugar y que ahí nos
matarían y desaparecerían a todos. Por un momento me dormí, pero el olor a
sangre y muerte me despertó.

Al abrir los ojos vi la pared de una cárcel. El bus se detuvo y una
voz ordenó que bajáramos por la puerta trasera. Me ordenaron pararme y
la puerta se abrió y mi cara llorosa y descubierta vió una fila de
policías, sentí miedo otra vez. Desde abajo una voz ordenó que se cerrara la
puerta y que los detenidos debían salir con el rostro cubierto. Un
policía me tapó la cabeza con mi chamarra y las puertas volvieron a abrirse
otra vez. Abajo del bus un policía me agarro con una mano de los
pantalones y con la otra mantenía mi cabeza gacha. La fila de policías
comenzó a tirar patadas a mi cuerpo y al de los demás detenidos que eran
parte de la fila. La puerta del penal se abrió y nos avanzaron por
estrechos pasillos en medio de golpes y patadas.

Antes de llegar a una mesa de registro, cometí el error de levantar
la cabeza y mirar a los ojos de un policía, el cual respondió a mi
mirada con un golpe de puño duro y cerrado en mi estómago que me quitó el
aire por unos momentos. En la mesa preguntaron mi nombre, mi edad y
nacionalidad, luego de eso me metieron a un cuarto pequeño donde una mujer
gorda me ordeno quitarme toda la ropa, pedía rapidez ante mi torpeza
producto de los golpes. “Señora estoy muy golpeada, por favor espere” le
dije. Me revisó, me vestí nuevamente y volvió a cubrir mi cara con la
chamarra. Salí del cuarto y nos ordenaron hacer una fila de mujeres para
ingresar formadas y cabeza abajo al patio del penal, que luego me
entere que le decían Almoloyita” en la ciudad de Toluca.

Han de haber sido las dos de la tarde del jueves 4 de Mayo cuando ya
estábamos dentro de las instalaciones del penal. Nos llevaron a un
comedor y nos separaron a hombres y mujeres. En una esquina, en medio de
llantos las mujeres nos contábamos las vejaciones de las que habíamos
sido objetos. Una joven me mostró sus calzones rotos y su cabeza abierta
llena de sangre, otra contaba que la habían llevado en medio de dos
camiones mientras la golpeaban, vejaban y decían “te vamos a matar puta”.
Otra joven me comento que tal vez y estaba embarazada, todo en medio de
llantos y apretones de manos solidarios. El estado de shock entre las
mujeres era vidente.

En frente nuestro los hombres conversaban entre ellos mientras
nosotras observábamos sus rostros sangrantes y deformados producto de la
brutal golpiza. En eso estábamos cuando una mujer se acerca a nosotras y
empieza a dar algunos nombres y pide que nos separemos del grupo. Éramos
cuatro: Cristina, María , Samantha, Valentina. Se nos une al grupo un
quinto; Mario. Éramos los cinco extranjeros detenidos. Al momento llega
un hombre, creo que era el director del penal y nos dice que allí donde
estábamos, estábamos seguros, que aquí nadie nos golpearía, que lo que
hubiese pasado antes de ingresar al penal no tenía nada que ver con el,
como si dentro del penal no nos hubiesen también golpeado. Le pedimos
hacer una llamada, petición que nos fue negada. Mientras los detenidos
visiblemente mas heridos eras sacados del lugar rumbo al centro de
tensión médica que había dentro del penal; no eran unos ni dos, de los
ciento y tantos detenidos que éramos, han de haber habido unos 40
con lesiones gravísimas.

Uno de los primeros en salir fue el anciano moribundo que a mi lado
en el camión iba, a quien no volví a ver nunca más. Nos llegó el turno a
los extranjeros de ir a hacernos el chequeo médico. Yo tenía moretones
en los pechos, la espalda, hombros, dedos, muslos y piernas, se
recomendó hacerme una radiografía de las costillas pues me costaba respirar,
cosa que en ningún momento se hizo. La enfermera que tomaba nota y el
médico que me atendió actuaban con total indiferencia a mi persona y las
lesiones que presentaba. Salí de la oficina médica a esperar que
Cristina, María, Samantha y Mario terminaran el chequeo. El seudo chequeo
médico terminó y nos llevaron a una sala para tomarnos declaración.

Extrañamente un licenciado salido de quien sabe donde nos recomendó
que no prestásemos declaración, comentario que era contradicho por las
personas que estaban tras la maquina de escribir. “Esta bien si no
quieres declarar, estas en tu derecho, pero sería bueno que dejaras
constancia de lo que te pasó” me decía una licenciada. Mientras hacíamos las
declaraciones, comenzaron a llegar al lugar muchos hombres de corbata que
haciéndose los chistosos y amables nos preguntaban quienes éramos y
como y porque habíamos llegado al poblado de Atenco, que si acaso sabíamos
lo peligrosa que era esa gente.

Cayó la lluvia y nos trasladaron al comedor con todos los demás
detenidos, se nos obligó a sentarnos y no podíamos establecer contacto con
los detenidos mexicanos, si queríamos ir al baño debíamos pedir permiso.
Llegaron funcionarios de derechos humanos a tomarnos declaración y
fotos de nuestras lesiones, las declaraciones fueron tomadas sin interés,
mecánicamente. Se nos obligó a que registráramos nuestras huellas, nos
tomaron fotos de frente y ambos perfiles, nos dijeron que eso no era una
dicha, que era un registro necesario pues era muy probable que en la
madrugada saliéramos en libertad y que para eso se necesitaba hacer la
ficha. Una olla de café frío y una caja con bolillos fueron la cena. Ha
de haber sido la media noche y me acosté en una dura banca de madera a
tratar de dormitar un poco, fue imposible, hacía frío y no tenía cobija.

Del lado de los hombres, un rasta se dio cuenta de mi impaciencia
ante el no poder dormir y comenzamos a hablarnos de un lado a otro con
señas. Estábamos en eso cuando se presenta un custodio y comienza a dar
los nombres de los cinco extranjeros. Nos levantamos, dimos un pequeño
adiós a los demás detenidos y abandonamos el lugar. Nos llevan a un lugar
de registro, nos entregan nuestras pocas pertenencias y nos sacan del
lugar camino a una camioneta diciéndonos que nos llevarían a una oficina
de migración en Toluca. Afuera del penal escuche voces conocidas que
gritaban mi nombre, me acerco a las rejas y puedo distinguir a muchos de
mis amigos que me preguntan como estoy, les digo que mas o menos y que
nos llevan a migración de Toluca. Ellos me dicen que me van a seguir
que no me van a dejar sola. Mi tía Mónica me pasa un sobre que contiene
mis documentos migratorios y María Novaro, mi maestra y mamá en México,
me da una chamarra para el frío.

Así me subo a la camioneta que cierra sus puertas y oscuros nos
vamos. Pasamos a una oficina en Toluca a buscar a una licenciada y de ahí
nos llevan a la estación migratoria de las agujas en el DF. Han de haber
sido las tres de la madrugada cuando llegamos a la estación migratoria.
Ahí una vez mas, un médico de mala gana constató lesiones. dormitamos
un rato porque a la hora en que llegamos no era horario de oficina, así
que no habían muchos funcionarios en el lugar. Dieron las 7 de la
mañana y un auxiliar nos llevó cereal con leche. Luego me tomaron
declaración, una declaración en donde además de preguntar por mis datos
personales, me hicieron preguntas cómo: conoces al EZLN?, has estado en Ciudad
universitaria?, participaste en el foro mundial del agua?, conocías a
los otros extranjeros detenidos?, etc.

Firmé la declaración a la que se adjunto mi documento migratorio, una
carta de mi centro de estudios, una carta de mi maestra María Novaro,
mi pasaporte, mi cedula de identidad chilena y mi credencial
internacional de estudiante. Estaba en eso cuando recibo una llamada del cónsul de
Chile en México, quién me pregunta mi nombre, el numero de mi cedula de
identidad y si tengo algún pariente en México, me informa que lo que el
puede hacer es velar que el proceso correspondiente se realice en las
condiciones legales pertinentes. Regreso a continuar mi declaración y
las preguntas sobre el EZLN, el sub comandante Marcos y Atenco se
repiten.

Mientras tanto afuera de la estación migratoria se habían congregado
amigos y familiares, con los cuales no se me permite comunicar, traté
de hacerlo a través de señas y carteles, pero incluso eso nos es negado.
Me llevan a un cuarto en donde hay tres hombres que me dicen que están
ahí para ayudarme, ellos me toman fotos de frente y ambos perfiles y en
todo momento graban la conversación. Me preguntan mi nombre y si tengo
algún alias, que si conozco al EZLN, que si he ido a la Selva
Lacandona, que les de nombres que puedan dar antecedentes de mi, que qué tipo de
documentales me gusta realizar. Me dicen que mi amiga América del Valle
esta preocupada por mi porque me había perdido mientras escapábamos del
lugar, mujer de la cual recién en Chile me entero que es una de las
dirigentes de Atenco que la policía persigue.

Al terminar el interrogatorio, mis huellas dactilares son tomadas en
una maquina muy sofisticada que va a dar a una computadora. Me sacan de
la sala y me llevan a otra donde hay tres visitadoras de la comisión
nacional de derechos humanos y luego de que las dos españolas y yo les
contamos lo que hemos vivido, nos recomiendan urgentemente solicitar un
abogado para que se gestione un recurso de amparo ante una posible
deportación. El ambiente ya es tenso, así que le pido a una de las abogadas
una pluma y un papel, para escribir “1 abogado” y mostrárselos por la
ventana a mis amigos que están afuera, en ese momento entra un
licenciado de migración y al verme escribiendo me dice: “necesitas un abogado?,
yo soy abogado, cual es tu problema”, le contesto que quiero poner un
amparo, ante lo que el me responde que no es conveniente poner un amparo
porque el amparo implicaría estar en la estación migratoria un mes y
que lo mas probable era que pronto saliésemos en libertad, las
visitadoras de derechos humanos, lo increpan y le dicen que por favor
me dejen hablar con alguna de las personas que están afuera.

La visita se concede y hablo con Berenice, con quien me dejan hablar
cinco minutos, a ella le digo que necesito un amparo y me dice que eso
ya esta. Me despido abruptamente de ella y luego me llevan a hacerme un
chequeo médico por segunda vez en esta estación migratoria, estoy en
eso, cuando un licenciado llega apresuradamente a interrumpir el chequeo
y me dicen que me van a trasladar a otro lugar, yo pregunto que adónde
y no se me da respuesta.

Al salir de la consulta médica me encuentro a una de las visitadoras
de derechos humanos y le digo que por favor avise a mis amigos que
están afuera que me van a trasladar, le pregunto al licenciado que adonde
me llevan y me responde que a las oficinas centrales de migración, no me
dejan seguir hablando con el y me suben a un auto particular en el que
también estaba Mario, mi compatriota. Me subo, se suben tres policías,
se cierran las puertas y una policía pide cerrar las ventanas. La reja
de la estación migratoria se abre y el carro se va como escapándose de
algo. Íbamos por periférico a más de 100 Km. por hora en medio de un
tráfico contundente. Pregunto que a dónde nos llevan y no obtengo
respuesta, ya en el camino, me doy cuenta que vamos rumbo al aeropuerto y que
delante de nosotros van dos carros más; uno con Samantha, la alemana y
otro con María y Cristina, las dos españolas. Ante la inminencia de la
expulsión injustificada en todo momento, no me queda más que
cerrar los ojos y apretar los dientes y pensar: otra violación más.

Llegamos al aeropuerto como a las 6 de la tarde. Nos bajan de los
autos y nos ingresan custodiados a una sala completamente blanca donde nos
mantienen detenidos una hora o más. Luego nos ingresan a las salas de
espera al interior del aeropuerto, donde nos mantienen custodiados.
Primero sale el vuelo de Samantha. Seguimos esperando y en la espera yo no
hago mas que llorar, me siento mal, me paró y trato de caminar por el
pasillo, se me acerca una custodia y me dice que debo estar sentada, “me
siento mal” le digo, “no me voy a escapar, déjame”. Sigo llorando y un
policía se acerca y me dice: “ya no estés así, no conviene esa actitud,
si te sirve de consuelo, déjame decirte que no estas deportada, que
solo has sido expulsada del país, pero puedes volver a entrar en cualquier
momento”. Ilusamente sus palabras me calman. Nos llevan a un bar a
fumarnos unos cigarros porque todas estamos muy alteradas.

El vuelo de Lan Chile de aproximadamente las once de la noche es
anunciado, a mí y a Mario nos llaman, nos despedimos de María y Cristina
con un apretado abrazo. Nos formamos en la fila y nos entramos al avión.
Dentro del avión uno de los pasajeros se acerca a mí y me entrega unas
cartas que han mandado mis amigos que estaban afuera haciendo todo lo
posible para detener esta injusta expulsión. Caen mis lagrimas de no
saberme sola, la custodia que va a mi lado, me dice que qué me pasa, le
cuento mi caso; le digo que llevo viviendo en México 11 años, que mi vida
esta en ese país, que nunca se me dijo que estaba pasando, que todo el
procedimiento ha sido ilegal, que he sido golpeada y vejada por la
policía. Me dice que a ella le avisaron 30 minutos antes de subirse al
avión que viajaría a Chile, que a ella no le dijeron nada, pero que si
notaba que algo raro hubo en el procedimiento, porque normalmente antes de
deportar a alguien se pasa mínimo un mes en la estación
migratoria, que ha de haber sido una orden dada desde arriba.

Ya asumiendo mí expulsión me pongo a platicar con ella y le digo que
lugares de Santiago puede visitar el corto tiempo que dure su estadía.
El cansancio y la impotencia son demasiadas, me duermo. Me despierto
con la cordillera de los Andes en la ventanilla del avión. Bajamos del
avión, nos entregan a policía internacional, donde nos toman declaración
del porque de nuestra deportación y/o expulsión. Afuera me esperaban
llantos, besos, abrazos. Nos vamos al hospital a constatar lesiones y
rápidamente armamos una conferencia de prensa con televisión y radio, en
donde denunciamos la ilegalidad de nuestra expulsión y la brutalidad
policial de la que fuimos objeto.

2.- Después de lo que les he contado quisiera hacer de su
conocimiento mi total rechazo, indignación y rabia ante:

a) la utilización de la violencia física, psicológica y sexual como
arma de tortura y coerción en contra de las mujeres.
b) la brutalidad policial de la que fuimos objeto todos los
detenidos, más allá de nuestras
nacionalidades. c) la ilegalidad de mi deportación en dos sentidos:
por haber estado mis papeles migratorios en regla y por el rechazo al
amparo presentando, argumentando mi ausencia en el país, cuando yo aun
estaba en México.

3) Por lo expuesto anteriormente anterior, estamos estudiando con
nuestros abogados, orientar nuestras acciones tendientes a lograr:
a)Se nos restituya el derecho a seguir estudiando en México por
medio de todo tipo de gestiones con el gobierno chileno y mexicano;
b)gestiones a nivel diplomático con la embajada de México en Chile;
c)poner una querella criminal contra la policía por delito de
lesiones
d)entablar una demanda contra el estado mexicano por deportación
ilegal.

¡No a la violación , no al uso de mujeres y hombres como objetos, no
a la brutalidad y a la tortura, no a la justificación de la violencia!

Atte. Valentina Palma Novoa

servido por José Martín 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Manu

Manu dijo

Ningún Mexicano que se prive de serlo puede estar de acuerdo con los hechos terroristas de la policía en Atenco. La lucha sigue y no nos detendremos, la lucha por un país sin derechas terroristas, la lucha por recuperar el prestigio de antaño de ser un territorio donde se recibe con los brazos abiertos a quien llega a esta tierra a ser parte de ella

NO ESTÁS SOLA, NO ESTAMOS SOLOS
MÉXICO DEBE VOLVER A MIRAR AL SUR

14 Mayo 2006 | 06:57 PM

Gilberto Avilez Tax

Gilberto Avilez Tax dijo

Ya se me olvido el discurso: iba decir, que Atenco somos todos, que no hay que olvidar, que si te pegan a ti me pegan a mi, que están guapetonas las mexiquenses, que me voy a la guerrilla para hacer la justicia social a las tripas de mis compas, que ninguna muerte se olvida: Se me olvidó todo eso, se me olvidó decirlo. Lo que no olvido, es que estoy con ustedes, es que mi corazón está con ustedes.

4 Mayo 2008 | 11:53 PM

ELVIA

ELVIA dijo

VENCEREMOS,MIENTRAS NOS MANTENGAMOS UNIDOS Y ORGANISADOS,
MI APOYO Y SOLIDARIDAD
lIIBERTAD A LOS PRESOS POLITICOS Y ALTO A LA OSTIGACIÓN PARA PERSEGUIDOS POLITICOS

20 Junio 2009 | 02:24 PM

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la-piojillo-y-el-guajache

Mejillones, Chile
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Aquí me dieron un año que no es el año por que de seguro no hay año para mí, nací en 1933. Soy, quién soy, mis amigos me dicen "Garabato", aunque a mi abuelo le decían igual, él nació en 1886... se fue a los 98 años, fumaba, se peinaba su único pelo en medio de su calva y miraba a las muchachas en la plaza... se fumó su cigarrito, un vasito de vino y ah La Piojillo es un pueblo salitrero fantasma, allí ejercio las labores del sexo la tía de La Reina Isabel, esa que cantaba rancheras... El guajache es un pelícano que pasa cagando de tanto comer pescado... chao...no va más. Bueno, voy a mi macoña...

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